20 de Septiembre 2005

ALTA TRAICION

Así titula Pío Moa su último artículo publicado en Libertad Digital, en el que denuncia la traición de zETApé a los ciudadanos españoles por permitir el desmembramiento de España.

"La colaboración del gobierno con el terrorismo (corruptamente disfrazada con la palabra “diálogo”, también empleada absurdamente por la oposición) es otro acto que sólo puede definirse como traición tanto al estado de derecho como a la unidad de España, dos valores que el sonriente iluminado de la Moncloa nunca ha apreciado en lo más mínimo, como revelan sus discursos y actitudes".

Dificilmente se puede ser más claro. La demolición de la unidad nacional es algo mucho más grave de lo que parece. No se trata de mantener la unidad por un nacionalismo español trasnochado y felizmente pasado a mejor vida. Lo que aquí se ventila es la existencia del estado de derecho en Cataluña, Vascongadas y por añadidura el del resto de España. Es decir,la existencia de la democracia y de la libertad. Si los nazionalismos periféricos logran sus objetivos, el estado de derecho, tal y como lo conocemos hoy, se disolverá como un azucarillo en un café.

La campaña de desprestigio a todo lo que signifique España, perpetrada por la izquierda, ha calado en el ciudadano medio que no parece esar dispuesto a defender el marco constitucional vigente. Ésta constitución, con sus defectos y virtudes es la que ha permitido la convivencia pacífica durante los últimos veinticinco años. Y como bien dice Pío Moa:"la democracia y la unidad de España van juntos, y evitar las desastrosas polarizaciones del pasado, provocadas ahora de nuevo por los liberticidas, exige defender con la máxima energía tanto la una como la otra. La traición no debe prosperar".

Escrito por Toribio Echevarría en: 20 de Septiembre 2005 a las 06:55 PM
Comentarios

Oye tú, pesao!! si queremos leer esas cosas nos vamos directamente a libertaddigital y ya está. Aquí queremos leerte a ti. ¿No tienes nada que decir sobre la boda de dos mariconas sociatas en el ayuntamiento de San Sebastián?

Posted by: zure amesgaiztoa en: 20 de Septiembre 2005 a las 11:46 PM

¿Pero ese tio tiene credibilidad? Yo antes era omnivoro, luego carnivoro, y luego canibal, segun el viento que soplaba, ahora soy vegetariano, join me!

Posted by: overkill en: 21 de Septiembre 2005 a las 12:45 AM

Para gente como Toribio sí la tiene.

Posted by: zure amesgaizoa en: 21 de Septiembre 2005 a las 12:58 AM

¿Mariconas sociatas? Ten cuidado Zure, que te van a multar como a las familias de los muertos de Guadalajara. Aquí no hay gays, sólo hay solteros con amachu.

Posted by: Toribio Echevarría en: 21 de Septiembre 2005 a las 07:01 AM

¿UN PUÑADO DE TRAIDORES? Por Santiago Abascal en www.elsemanaldigital.com

19 de septiembre de 2005. Cada vez me parece más sólida y más decidida la capacidad de traición del Gobierno de Zapatero. No al PP, que al fin y al cabo es sólo el principal –en realidad el único- partido de la oposición, sino a la España histórica, democrática y constitucional.

No es sólo que el Gobierno radical de izquierdas que pastorea a la sociedad española se haya entregado a los pactos de investidura, de gobernabilidad o de Gobierno (estatales o autonómicos) con los separatismos que pretenden subvertir nuestra Constitución y destrozar la unidad de España. Es aún mucho peor. Quienes ostentan los poderes del Estado se han aliado con los secesionistas para algo más grave, con el propósito mismo de subvertir también ellos un orden constitucional que no les gusta.

Y no les agrada porque se fundamenta en la unidad nacional, que parece ser una cosa muy de derechas. Y tampoco les emociona, no lo olvidemos, porque esa España unida se constituye en Estado democrático y -¡qué peligro!- con esas condiciones, algo que no sea el extremismo de izquierdas puede alcanzar el poder. Por eso, el Gobierno actual se alía con quienes, de manera declarada y tramposa, quieren trocear España. El Gobierno no siente España. Se avergüenza de su devenir histórico.

Pero la situación es incluso más grave. El Gobierno socialista pretende firmar la "paz" con una organización criminal que anhela, y nos ha matado por ello, la secesión del País Vasco y de Navarra. Y ese Gabinete lamentable de Zapatero está dispuesto, en contra de nuestra Constitución, a considerar naciones a las autonomías y a amnistiar a los terroristas presos. (El Gobierno dirá que no es verdad, después será el Congreso el que sancione la rendición ante el enemigo, y finalmente el Gobierno dirá que no mintió: "Ha sido el Congreso, y no el Gobierno").

No obstante, triquiñuelas al margen, debemos saber que entre los delitos de traición que contempla nuestro código penal, en su artículo 588, se incluye el de aquellos "miembros del Gobierno que, sin cumplir con lo dispuesto en la Constitución, declararan la guerra o firmaran la paz".

Y no otra cosa quiere hacer Zapatero en contra de lo dispuesto en la Constitución: firmar la paz con los terroristas entregándoles en bandeja nuestro artículo 2 y el concepto mismo de España. Y liquidar de facto la igualdad de los españoles ante la Ley, consagrada en el artículo 14, evitando que sobre los etarras presos (o por apresar) caiga todo el peso de la ley y que paguen por los crímenes cometidos como se vería obligado a hacerlo cualquier español.

En definitiva, sé muy bien que la acusación que aquí se formula a algunos les parecerá gruesa y sin fundamento, pero yo cada vez tengo menos dudas de que este Gobierno quiere traicionar nuestra Constitución, nuestra democracia, y nuestro Estado de Derecho, y no albergo ninguna duda de que ya ha traicionado hace tiempo los sentimientos nacionales de millones de españoles. ¡Qué triste para un español la sola interrogación de que, quizá, su Consejo de Ministros fuera un puñado de traidores!

Posted by: Bautista de Dubirix en: 21 de Septiembre 2005 a las 11:32 AM

Gracias Bautista de Dubirix. No puedo estar más de acuerdo con Santiago Abascal.

Posted by: Toribio Echevarría en: 21 de Septiembre 2005 a las 05:16 PM

EL VIAJE AL FIN DEL MUNDO
(Sátira de esta pobre España)


Miguel Ángel San Nicolás Collantes


I

Los fines de semana, como no me enseñaron otra forma de diversión, me dedico a salir con mis amigos a los bares, donde entre copa y copa reímos y nos olvidamos, unos de las aulas y otros del trabajo. De vez en cuando, como todo nos aburre, compramos unas pastillas para la depresión o unos tripis con los que las noches del verano se nos hacen más livianas, y así las pasamos flotando hasta el amanecer. El fin de semana pasado, sin embargo, probamos algo nuevo. Un amigo de un amigo nos lo había recomendado y nos fuimos a la puerta de un bar, en lo peor de la ciudad, para comprarle a un gitano unas setas alucinógenas. Cuando dimos con el camello le preguntamos a ver si tenía “pezones del diablo”, que así los llamaban. Nos preguntó a su vez cuánto teníamos. Le dimos cuarenta dineros, y de una bolsa que llevaba escondida en el paquete sacó unos veinte hongos negruzcos y diminutos que escondimos entre el tabaco. Con la compra en el bolsillo llegamos al parque del oeste, y allí, sentados en la oscuridad y bajo un árbol, nos las repartimos como buenos hermanos, nos las comimos y nos quedamos en silencio compartiendo una litrona. En el parque no había nadie más. La luna era cálida y sereno el nocturno. Poco a poco nos fuimos aislando, cada uno en su trocito de noche, y yo envuelto en una placidez narcótica que me fue llevando al sueño.
Me vi en un paraje extraño. Hacia mi derecha se extendía un llano, fruncido sólo por algunas lomas que se ondulaban hacia unas azules cumbres, y hacia la izquierda la pradera raleaba hasta convertirse en un yermo que llegaba a unas montañas terrosas donde se habrían negras y enormes cuevas. Dos de estos montes formaban un estrecho cañón por el que desaparecía un río no menos extraño. Cruzaba éste, curso enorme, la llanura toda. Por la derecha era su lecho blando, calmoso su discurso, sus aguas transparentes y frondosas sus riberas, pero río abajo la orilla quedaba despoblada y la corriente se precipitaba alterada y turbia cobrando un tono rojizo que próximo al desfiladero desprendía una luminosidad incandescente que le hacía parecer río de lava, sobre el cual, en la lejanía, se columbraban navíos de ígneo aspecto. El cielo así mismo estaba en dos mitades dividido: azul y soleado por mi diestra, lo adornaban ampulosos nimbos, y la luz, con el sol recién nacido, tenía una alegre transparencia. Por la izquierda, sin embargo, era tormentoso y se iba oscureciendo hacia el horizonte, donde tras las montañas fulguraban las ascuas del ocaso. Estaba yo preguntándome en qué extraño valle me hallaría, cuando oí como una trompeta o un cuerno de caza. Sobre el horizonte de la llanura comenzó a levantarse una polvareda y sobre el refrescante son de las aguas y de la brisa en las hojas se elevó un rumor incierto que al principio parecía viento y después ejército en marcha. Al poco comencé a distinguir voces y tramontando una loma apareció una multitud que avanzaba hacia el lugar donde me encontraba. Era tamaña la muchedumbre, que asustado me escondí tras unas matas, cuando detrás de mí escuché una voz que decía:
—No temas, que aunque ha sonado la hora todavía no es la tuya.
Al volverme vi cuatro ángeles enormes que pasaron rasantes sobre mí dejándome un escalofrío en los brazos, y otro ángel, el que había hablado, que de menor envergadura y peor plumaje que los otros se quedó sobre mí en vuelo cernido como el de un cernícalo y siguió diciendo:
—Soy tu ángel de la guarda. Sal de entre esos matojos, no te vayas a pinchar, y estate atento, que vas a presenciar el juicio final
—¿Pero ya se acabó el mundo? —dije yo.
—Para todos esos que ahí avanzan sí.
Yo no me atreví a desemboscarme del todo, pues la visión de un ángel impone, y agarré un canto, por si acaso.
—No temas, desconfiado, y escúchame atentamente, si quieres aprender.
Le seguí la corriente, tiré el guijarro, y el ángel de mi guarda me contó que el juicio final no era único, sino que todos los meses se hacía audiencia, y semanalmente con los españoles, pues en los últimos tiempos eran tantos los condenados de esta tierra, que si hubieran de resolver en un día para tantos pecadores no quedaría eternidad bastante para juzgarlos a todos ni darían abondo los diablos para aposentarlos.
—¿Tan malo es nuestro pueblo?
—De los peores. Dios os libra que sois más bien pobres, que si además ricos fuerais, como son los americanos, con quienes hay juzgado de guardia, bastaría el DNI para entrar en el infierno sin mayores trámites. Para ser país tan pobre no hay otro donde sean los capitales más grandes y más pequeña la observancia en los mortales, que tomáis a gala el incumplir cualquier precepto, no os vayan a llamar maricones por cumplirlo y os jactáis de libertinos y Don Juanes. Basta el oíros hablar. No hay lengua más blasfema que la vuestra, ni de filo más templado en las injurias. Tanto gustabais de las grandes palabras, que ahora la mitad se os han hecho palabrotas y no sabéis hablar sino con ellas. Presumís de idioma rico y por rico él os condena. Como si con él no tuvierais bastante, ahora os a dado por levantar una babel de odios y ya ni os entendéis unos con otros ni hay Cristo que os entienda, que en vez de sanar el idioma que tenéis agonizante, lo dejáis morir y andáis por los cementerios resucitando carroñas, tirando de la lengua a los muertos y creando homúnculos balbucientes con tal de que no os entienda el vecino. Luego mandáis a la escuela a vuestros hijos para que les enseñen estos monstruos y les unten la lengua con ellos obligándoles a lamerlos, y acabáis por no entender a vuestra prole cuando os habla, haciendo de vuestra propia casa otra Babel y convirtiéndoos a vosotros mismos en analfabetos. ¿Y esta herencia de fantasmas queréis dejar a vuestros hijos?
—¡Oiga! ¡que yo no he hecho nada de eso! —le repliqué al ver que se ponía levantisco.
—¡Calla! ¡Ah, pueblo de caínes! ¡Brutos de la patria que han hecho en vuestra tierra la desconfianza, la malicia, la envidia, la pereza!... Viviendo en la misma casa la habéis descuartizado y habéis hecho un fortín en cada cuarto donde habita un Bruto loco y destructivo. Desconfiados. Tenéis por Iscariote todo amigo y en cada compatriota sospecháis un Caín cobarde.
—“Oh qué bon vasallo si hobiese bon señor”, señor ángel —dije yo por defenderme, viendo que se me venía encima.
—¡Eso, eso! —prosiguió el ángel de la guarda mientras aterrizaba a mi lado— ¡Siempre excusándoos!: Si sois perezosos ponéis vuestra culpa a la sombra del mucho sol; si estafáis os dais encima cien años de indulgencia y a aquel a quien robasteis el título de ladrón; si mentís os llamáis piadosos; si no cumplís, decís que no lo hacéis por vergüenza de ser los primeros; al que es bueno llamáis tonto y al que es tonto lo engañáis. ¿Os faltaron acaso buenos ejemplos? ¿Que tenéis un mal señor? ¡Pues rebelaos! ¡Ah no!, pero sois ahora cobardes, soberbios con vuestros iguales y serviles con el superior, que no serviciales. Como señores sois tiranos, como criados traidores y portadores de todo embuste y calumnia, y como los niños, crueles, bravucones con el débil y cobardes y rastreros con el más fuerte. No hubo nada igual de los romanos acá. Sacos de vicios y maldades, odiadores del prójimo, que desde que me toca guardar españoles no tengo reposo, pues cualquier ocasión os es propicia para pecar y tenéis las conciencias tan duras que me he quedado sin dientes a puros mordiscos en ellas. ¡Si en vez de vuestras almas me hubiera tocado guardar rebaños de cabras o incluso manadas de lobos menos guerra me darían! ¡Que desde que vivo en España!...
—Pero, señor ángel, ¡si todo el mundo dice que España es un paraíso! ¡Que aquí reina la alegría!
—Ignorantes vivís en vuestra cueva repleta de toneles y alambiques. Mucho sol, mucha alegría... ¡Nada! ¡Euforia de borrachera! Llamáis alegría a la histeria y temperamento al mal genio que os gobierna. ¿Qué falta os hace el infierno si estáis todos ya quemados? ¡Y mira tú que al principio no me pareció malo el destino! ¡Ay si lo hubiera sabido! ¡No sabes lo que he sufrido yo sirviendo a los españoles!
—¡Cuente, cuente! —le pedí por amansarle.
—Verás. Como había yo estudiado para ángel de la guarda, primero me pusieron a hacer prácticas custodiando a un carcelero y además borracho, que por tener las llaves de tantas libertades y a su cargo tantas penas se tomaba todas las primeras para ahogar en alcohol las segundas. Terminaron por echarlo del cuerpo, yo creo que por diablo, y a fuerza de estar entre condenados huelga decir como acabó, sin que yo pudiera remediarlo. Después caí con un novillero ¡Qué tardes, Virgen santísima!, agarrado a los cuernos del toro como enanito forcado y encajando las cornadas que iban dirigidas a aquel manta, torero de largos brindis, que a sol y sombra los daba, empinando bien el codo, de un botijo cómplice que traía. Tres veces me estoqueó a mí, que desde entonces vuelo alicorto, y siete muertes le libre hasta que Dios tuvo compasión de los dos y murió de una borrachera. Como sabía torear me destinaron después a guarda de unos maridos, que por ser animales mansos los llevamos en rebaño y basta un ángel pastor para cuidar diez o quince de éstos, pues es suficiente con espantarles de vez en cuando las moscas que tienen tras las orejas para evitar una desgracia y que, aunque un poco humillados, sigan andando derecho. A continuación me tocó un funcionario, quien por tener el sueldo de por vida, no se preocupaba por ganársela y así me dio tan poco trabajo como el que él se tomó, y entre estar de baja y dormidos no nos dimos cuenta ni uno ni otro de cuando se murió. De ahí, como resbalando, caí con un holgazán, quien, a fuerza de decirle que afanara, terminó, sin yo quererlo, metiéndose a ladrón. Luego, por castigo, me pusieron a un político y con él perdí, con toda paciencia, casi la voz, pues nunca se me dio conciencia más sorda, remordimiento tan mudo, ni moral más tuerta y acomodaticia: alta para ejercitar maldades, baja para admitir villanías, ancha para sus actos e intereses y estrecha para los ajenos. Tras éste me dieron un taxista, y madrileño por no dar más señas, pues en éstas dos ya se encierran todas las peores, que además de pitador, conductor temerario y voceras, era un faltón y el mayor blasfemo que cobijaba el cielo y el infierno alberga. Era, además de estafador de carrera, taxista charlatán y circumloquio, tardón en las idas y ladrón en las vueltas, que las daba por todo Madrid aunque tuviera que llevarte a la calle de al lado. Otro conductor, tan español como él, le quitó la vida con uno de siete, quiero decir con un gato. También me tocó en suerte una doctora, y me la volvió mala, y menos mal que fue en suerte nada más que si otra cosa me tocara, no estaría hablando ahora, pues a todos los que ponía la mano encima la tierra bajo sí los cobijaba. Andaban revueltos con ella todos los ángeles custodios, que por su culpa no paraban en ningún destino y se veían obligados a mudarse de muerto a mortal cada dos días, y a mí me miraban mal todos y huían de mí llamándome guardaespaldas de la muerte, y cuando nos veían llegar a ambos escapaban, abandonando a los custodiados a su negra suerte. Después de estos malos servicios me degradaron, me quitaron las alas y me mandaron al limbo de los locos, donde pensaba descansar un poco, pero no, que también estaba lleno de españoles y sólo tras dos años de solicitudes rechazadas me pusieron con un pobre, logré salvarlo y se me restituyeron las alas y volví a España, que nada mejor me ofrecieron. Entré a guardar un drogadicto que si hubiera sabido que tenía un ángel me hubiera molido para hacerme polvo. De ahí caí con un cavernícola asturiano que hacía vida en la bodega. Más peleón que de valdepeñas y más cabezón que un toro, tenía por oficio el de policía municipal y por beneficios la joroba de los camellos, la plusvalía de las putas y la minusvalía de los mendigos. Si no le daban porros daba él porra, si no le daban gusto les dolía y si no le entregaban el auxilio terminaban por pedirlo, pues, ya fuera en hierba, en carne o en metálico, cobraba siempre el peaje y pagaba siempre en goma, llegando a gastar aquel ser inhumano, aquel agente, con la gente tanta porra, que entre dar el desayuno a los mendigos, la merienda a los camellos y la cena a las fulanas, rompía una en sus cuerpos cada día. Después de este criminal, borracho de vino, me subieron de grado y me pusieron a guardar uno que a fuerza de ginebra y aguardiente era ya espíritu puro y por ello debió de salvarse. Como yo, naturalmente, me alegré de este triunfo y me atribuí su gloria, me emborraché de ella. Se me acusó entonces de beodo y me pusieron a servir a un proxeneta que tenía placer y mina en cinco putas. Muerto él, luego guardé a una palanganera, luego tú, y así voy cuesta abajo, y siempre entre coches y entre ruido, en pisos miserables, tragando tele, que parece que los españoles no sabéis estar sin ella y sin apretujaros en esos monstruosos edificios, que por vivir tan juntos y estar obligados a aguantaros os odiáis, y del primero al décimo os pasáis por alto todos los mandamientos, y del sótano al tejado os condenáis en bloque y hasta después de muertos no reposáis sino en bloques de nichos, que más que entierro lo vuestro es emparedamiento y cimentación, y más que muerte mudanza a una vecindad de carroñas. ¡Maldito país! Todo sucio, amontonado. ¡Harto estoy de este pueblo primitivo que tiene sus esperanzas puestas en la lotería y las quinielas antes que en el mismo Dios! ¡Al tercio de Luzbel tenía que haberme unido! Sí. Debí haberme echado al monte, que de estar en el infierno, mejor que sea de señor de condenados, que no sirviendo a locos y libertinos que más que ángel de la guarda precisan de demonio carcelero.
Yo, que no sabía que los ángeles, aún siendo aves, tuvieran el pico tan largo, estaba intimidado por la perorata y no me atrevía a replicarle, pero para mí decía: ¡Menudo pájaro está hecho éste! ¡Y ya podía aplicarse el cuento!, pues no pocos de los vicios que nos achaca los tiene la arpía ésta en tanta o mayor medida. Él, que debió escuchar mi pensamiento, se puso colorado, hinchó la pechuga y replicó:
—Arpía lo será tu madre, galán. ¿Así me pagas el que te haga sentirte borrachuzo cuando bebes, moribundo cuando fumas, mentiroso cuando mientes y sucio cuando fornicas? Por mí puedes condenarte. ¡Pecador! ¡Que...
—¡Calla ya! —dijo un ángel majestuoso que llegando de repente le arreó al vuelo un pescozón.
—¡Calla ya, grajo enfadoso! —prosiguió—. ¡Que pareces más curilla que ángel! ¡Mira que pasan los siglos y aún no has aprendido nada! No hagas caso de este charlatán hijo, dijo dirigiéndose a mí. ¡Que es un pesado! Y tú, alma de cántaro, deja de martirizar a este pobre hombre. ¿Para qué le dio Dios el gusto, sino para disfrutarlo? Estoy harto de vosotros, panda de inquisidores. Siempre reparando en nimiedades. ¿Para qué vino el Cristo al mundo sino para liberarnos? ¿Cuál es el mandamiento? —el otro se puso mohíno— ¿Cuál es? ¿Que os améis...?
—Los unos a los otros como yo os he amado.
—Para mañana dos mil veces. A ver si espabilas. Y como no me salves a éste te voy a tener en España hasta que San Juan baje el dedo. ¿Qué tienes tú contra los españoles? ¿Dónde encuentras pueblo más devoto y sacrificado?, ¿con más fe, que, inocente como un niño, todo se lo cree y, aunque sea blasfemando, siempre se acuerda de Dios? Un poco tonto sí es, y bastante salvaje y maleducado también. Pero has de saber, ángel patudo, que los vicios que achacas a los españoles no son sino patrimonio de unos pocos y consecuencia del mal ejemplo y el escándalo de algunos como tú, hipócrita, que sólo te preocupas de ti mismo y de las apariencias y para quién es más pecaminoso fumarse un porro un domingo que esclavizar a diario, y mayor delito bajar un santo del cielo que vivir a su costa y enriquecerse limpiando a los pobres con el cepillo. ¿Qué mal hizo a los hombres aquel pobre novillero? ¿Y el drogadicto? ¿Qué mamó en el biberón? ¿Dónde nació? ¿Qué futuro le aguardaba? Lo del político y la doctora te lo paso, eso eran casos perdidos, ¿pero para qué te tengo a ti? ¿Qué te crees? ¿Que dan el maná de balde? Por no hablar de lo del albañil. ¡Anda! ¿Por qué no lo cuentas? ¿En qué estabas pensando cuando se resbaló del andamio, después de estar allí arriba diez horas? Ése era un buen cristiano. No había mejor persona. Y para uno bueno que te damos... Va el señor y lo deja caer sin que hubiera llegado su hora, porque andaba pensando el angelito... ¡Sabe Dios en qué! En medrar. ¿Y qué reprochas a la pobre gente que vive en esas estrechas conejeras? ¿Acaso lo hacen por gusto? ¿Por gusto embargarán toda una vida por pasarla en un nicho? ¿No será la culpa del concejal y del arquitecto y de todos esos con los que tú bien a gusto tomarías el chocolate? Esos pobres deberían salvarse todos. ¿No dice el evangelio: “preocupaos por construir vuestra casa no en la tierra sino en el cielo”? Pues casi todos los españoles cumplen el evangelio, aunque a la fuerza, a rajatabla, pues, por estar el suelo por las nubes, viven en las alturas como los pájaros.
Mi ángel de la guarda estaba el hombre moqueando y ya a punto de llorar. Y el ángel jefe, compasivo, le dijo:
—No me llores hombre y trata de enmendarte. Nuestro Señor te perdona, pero refrena esa soberbia —mientras esto le decía le acariciaba el plumaje para consolarlo—. Y tú, mortal, mira a ver si aprovechas la enseñanza de este día.
Se fue con un vigoroso, elegante y lento aleteo hacia la muchedumbre que entre tremolantes pendones ya se estaba acercando.
A mí éste no me pareció mejor que el primero, y me dio pena cómo lo trató al pobrecico.
—Duro pan el suyo —dije yo compadecido.
—Ya has visto qué trato me dan.
—Y un poco hippie este ángel, ¿no?
— No era Lutero más heterodoxo. ¿Te creías acaso que todo era fácil en el cielo? ¿Coser y cantar? Pues esto no es nada, aguarda y verás. Pero yo ya cierro el pico, que aquí todo se sabe. Ahora oye, ve, calla y aprende la que nos espera a los dos si no espabilamos. ¡Mira, ahí se acercan ya!
Volví los ojos al río y al camino que paralelo a él discurría. Y lo que vi, más que sobrecogerme, me llenó de admiración:
Venía la procesión flanqueada por una guardia de ángeles que con sus alas abiertas se mantenían a una altura como para alcanzarlos de un salto. Algunos venían tocando cuernos, otros liras, otros gaitas y toda clase de instrumentos resonaban armonizando una hermosa música. Después cesó la música y sólo se oyó el arrastrar de los pies.
—¿Quiénes son esos ángeles más grandes que van como dirigiendo la orquesta? —le pregunté al que me guardaba, en voz baja, temeroso de que se fijasen en nosotros.
—Esos siete que en cabeza avanzan son los arcángeles. ¿Ves ese rubio melenudo que viene abriendo el desfile? Ése es San Gabriel. Y el que está al otro lado Ariel
—¡Qué plumaje tan blanco tiene!
—¡Y mira, mira! Ahí baja San Miguel cortando el aire con el mandoble. Fíjate con qué majestad refrena su vuelo y se coloca el primero. ¡Vaya porte, eh!
—¡Sí que es guapo el condenado! —exclamé yo.
—¡Huy! ¡Pues no has visto nada. Cuando aparezca el que no nombro ya verás la que se arma.
Mientras avanzaba la procesión, detrás de nosotros comenzó un revuelo de ángeles carpinteros que trajinaban montando algo que parecía patíbulo.
—¡Qué va a ser cadalso hombre! Están montando el estrado. Pero no te distraigas. Mira esa señora que viene ahí con el trote cochinero trayendo de su mano un niño. ¿Sabes quién es?
—¡La Virgen!
—¡Qué va a ser la Virgen, ignorante! Ésa es la vida. ¿No ves que pasa ligera?
Venía con garbo creciente, en efecto, doña Vida, y aunque de lejos no lo advertí, de cerca vi que traía un niño chico, que con sus cortos pasitos la seguía casi arrastras. Pasó cerca de mí, pero a pesar de ello no sabría decir si era guapa o era fea, si tenía o no buena figura, si era de semblante alegre o triste, pues era todo esto por momentos, y como cambian el celaje o el mar sus apariencias, mudaba ella su fisonomía y su talla a cada instante, pareciéndome según se acercaba larga y hermosa, y tras pasar a nuestra altura, al irse alejando, me dio la impresión en cambio de una viejecita menguante y enflaquecida, y que, guiada ahora por el niño, parecía ya no madre sino abuela.
—¿Ves esa otra señora que acaba de rebasarnos?— preguntó mi ángel apuntando con el ala a la misma mujer.
—¿Cuál? ¿Ésa?
—Sí.
—¡Pero si es la misma de antes!
—Tú lo has dicho, pero ahora ostenta el nombre de la Muerte.
La vieja y el niño se sentaron un poco más adelante, a la vera del camino, y ella se quedó mirando al pequeño, como esperando, mientras éste con sus breves manecillas, jugaba a pasar un puñado de tierra de una a otra mano alternativamente, de modo que la brisa, llevándose un poco de polvo en cada trasiego, terminaba por dejárselas vacías, y a continuación él tomaba otro puñado y volvía a empezar el juego bajo la sonrisa de la abuela.
—¿Y el niño? ¿Sabes quién es?
—¡Hombre! No me atrevo ya a decir que será el Niño Jesús.
—¡Qué miopes las almas de los mortales, que no logran traspasar el muro cristalino de un instante! Aquel que ves allí jugando es el mismo que lleváis engrilletado en las muñecas y creyendo que vosotros sujetáis os atenaza; ése que por mucho que perdáis siempre os encuentra y por mucho que matéis al fin os mata; ése en cuyas breves manecillas se derrama el agua sin sabor de vuestras vidas; ése cuyas frágiles agujas son espadas que las hieren y el péndulo cuchilla que las corta; cuyos cortos pasos todo lo andan; cuyas finas ruedas todo roen. ¿Qué son sino un doblar sus campanadas, dogal la cuerda, y ataúd la caja y el cristal? ¿Qué os recuerda el claveteo de los segundos? ¿O qué avisa la sombra que en el reloj de sol la hora os marca? Sordos sois y ciegos pues no os dais cuenta de que un segundo basta para dar muerte a una hora, consumir un día, agotar un siglo, ni de que la arena de un reloj fue suficiente para enterrar naciones. Ese niño que allí ves, trillador de la tierra, que hace relojes de polvo, se llama el Tiempo.
—¡Acabáramos! —dije yo— ¿Y para eso tantas vueltas? No parece señor ángel sino que vuele usted en círculos como los buitres esperando a que yo tropiece entre tanta alegoría para precipitarse sobre mi ignorancia y reprenderme y reírse. ¡Para una vez que le escuchan, por lo visto! Pero no se preocupe, no me cojerá usted en otra. Ya verá que voy entendiendo yo de qué va este teatro. Y déjese, señor, de tanta monserga, que nos vamos a perder este formidable desfile.
A más bien poca distancia de la muerte se acercaban unas figuras como de baraja. Precediéndolas a todas se aproximaba un carro que parecía de fuego o de sol por el fulgor de los tesoros con que iba tan cargado, que rebosando éstos se derramaban a lo largo del camino. Traía por pendón el carro la bandera del imperio, y acomodada entre los tesoros venía una señora buchona, toda repeinada y bien vestida que, el látigo en la diestra y en la siniestra las riendas, iba increpando y fustigando a una niña desnuda, que milagrosa y pesadamente tiraba del carro.
—¿Quién es esa hija de puta, exclamé yo— que así maltrata la inocencia?
—¡Quién va a ser! La de siempre: la Riqueza
—¿Y es la niña la Pobreza?
—No preguntes tonterías y mucho menos las hagas —me dijo el ángel, al ver que yo me iba a echar al camino—. Quieto aquí y mira a quien ahí se aproxima.
Me contuve yo.
—¿Ves la mujer altiva que viene caballera en ese corcel tan bien guarnecido que caracolea y piafa arrancando centellas a los cantos?
—¿La del caballo negro y encabritado?
— ¡Mira qué joyas la adornan! ¡Mira qué oro deslumbrante, que no parece sacado sino del mismísimo sol! ¡Mira qué collar de esmeraldas, que a la vista de sus ojos palidecen y pierden todo su valor! Admira el mentón ¡Qué orgulloso! ¡La postura qué gallarda! ¡Y la mirada qué bella!
—Sí, señor, bien la estoy viendo, pero ¿quién es?
—Es la Soberbia.
—¿Y esa rotosa que le sujeta la rienda y casi perece bajo los cascos del caballo ¿quién es?
—¡Ah, ésa! Ésa es la Humildad. Pero fíjate en esa otra que trata de alcanzarlas.
A rebusco de las monedas y otros tesoros que el carro de la riqueza iba perdiendo venía echando la hiel una anciana. Saltones los ojos, retorcidas y largas las uñas, la vieja buscona llevaba la cara a una cuarta del suelo y con sus largas narices, como espátula o cigüeña, no dejaba piedra sin remover y todo lo que encontraba lo iba echando en un saco roto, de modo que, por mucho que trataba de avanzar, tenía que volver a recuperar lo perdido y se desesperaba y rabiaba.
—¿Sabes el nombre de esta vieja tan trabajadora y tan en vano?
—Siendo tanta la solicitud con que se afana y sin fruto, para mí que es tonta.
—Más que tú no lo ha de ser.
—Pero déjeme terminar, hombre, que la pista del saco roto es para niños. La Avaricia, por supuesto.
—Vamos bien. Pero si quieres que así sigamos no mires a esa que enarbolando un pendón de rosas viene amazona y desnuda sobre el caballo blanco. O mejor dicho: obligado estás a mirarla, pues a los mortales, y más a los españoles, basta prohibiros algo para que os lancéis a cogerlo. Mírala pues.
Yo lo hice y he de confesar que no he visto hermosura mayor en mi vida ni he sentido deseo más grande de gozarla. Que si no me empuja a tierra el ángel y asiéndome con sus garras me atenaza las manos a la espalda algo sucio hubiera hecho. Sólo cuando pasó de largo la Lujuria me dejó el de la guarda libre. Yo me quejé muy en serio:
—Más que ángel custodio parece usted guardia municipal o aguilucho o perro de presa. ¿Dónde está el libre albedrío? ¡Ya le vale! Si usara de estas mañas conmigo de ordinario... ¡A la fuerza habría de salvarme aunque no quisiera!
—¡Calla marrano! ¿Qué pretendías hacer? ¡Y en mi presencia!
—¡Pues anda, que no me habrá visto veces!
—¡Calla sinvergüenza!, que hoy has de ver cómo acaban los adoradores de Onán. Y mira, que ahí viene la que divina recaerá sobre vosotros.
En una mula flaca espernancada, propinando a la montura enormes palos, llegaba una mujer toda enardecida y colorada, dando voces, escupiendo y levantando con su enfado aires y polvo.
—¿Y a esa qué le pasa que tan airada viene? Se parece a usted.
—¡Blasfemo! Montada en la Paciencia, ésa que la maltrata es la Ira y ya te tocará sufrirla.
—No, ¡si ya me está tocando! ¡Vaya viaje! Mire, mire, Sr. Ángel, quién viene por ahí.
Detrás de todas estas venía, arreando la borrica por alcanzarlas, una mujer que debía ser la de Picio por lo fea. Venía envuelta en verdes andrajos, toda jorobada y apesadumbrada con la carga de sus gibas. La cara quemada y repleta de costras, tenía bizcos ambos ojos, y, almorzando el muñón que de una mano le quedaba y ocupada la otra en desollarse por la picazón, se iba comiendo a sí misma. Yo le dije al ángel:
—Por mucho que me esfuerzo no acierto a adivinar quién pueda ser esta desgraciada tan hambrienta que es caníbal de sí misma. ¿El hambre?
—La envidia, hijo, la Envidia.
—¿Y la moza palafrenera que compasiva trata de sosegarla y le echa agua en las quemaduras quién es?
—La Caridad.
Impresionado por el dolor y la fealdad de aquella vieja, me alivió la cómica imagen de otra mujer gordísima y desnuda que montada en un carro lleno de grasa y carne picada comía hamburguesas, bebía cocacola y defecaba sin parar. Era la Gula, que venía acompañada por una flacucha, llamada Templanza, que se jugaba los dedos por hacerla vomitar. Tras ellas pasó otra, igualmente gorda, que venía bostezando, la Pereza, a la que una niña, llamada Diligencia, picaba por intentar despabilar, no logrando con ello sino recibir un sonoro sopapo que la dejó igualmente adormilada. Le pregunté al ángel:
—¡Oiga! ¿Y por qué llevan todos los pecados capitales nombre de mujer?
Él me respondió:
—¿No lo tienen también las virtudes?
A todo esto, los ángeles carpinteros tenían ya casi dispuesto el estrado, con megafonía y todo, y como el sol se había levantado un tanto, nos retiramos, yo libre ya de todo temor, a la sombra de un olivo que se retorcía un poco apartado del camino, desde donde podíamos tener una más amplia perspectiva del desfile. Allí nos refrescamos con una petaca que el ángel, sacándose de las plumas, me ofreció y que, a pesar de él asegurarme que contenía néctar, a mí me supo a vino, y vino malo. Viendo el ángel que yo agriaba el gesto me preguntó:
—¿No te gusta el Caná?
—¡Hombre! ¿Qué quiere que le diga? Un poco picado parece.
—Eso es por tus malos pensamientos.
Y así, mientras bebíamos, el ángel siguió comentando el desfile, y entre otras muchas cosas me dijo que se nos habían pasado por alto dos figuras: la Largueza, que solía aparecer entorpeciendo el camino de la Avaricia, y la Castidad, que acostumbraba a echar un capote por los hombros a la Lujuria. Ambas, me explico, por ser tan raras virtudes debían de haberse extinguido, pues ya largo tiempo hacía que no se las veía en el desfile.
Pararon todos éstos que ya he descrito en la explanada, y detrás vi acercarse una turba de resucitados a los que los ángeles, con no poco trabajo, intentaban mantener en hato y bien rebañados. Vi venir unos camellos y unos monos y entusiasmado exclamé:
—¡Andá! ¡Ahí llega el circo!
—¡Ay, Cándido! ¡Qué bien te pusieron el nombre! —dijo el ángel riendo— Espera a verlos más de cerca.
Caminando revirados, jorobados y con prisa, venían los primeros los camellos, poniendo muy grandes los ojos por ver si encontraban el de la aguja. Sañudos les seguían muchos yonquis, con idea de enehebrarlos en las de sus jeringuillas unos, y otros de hacerles un ojal y ensartarlos en sus facas en justo pago por el género cortado que les había traído a juicio. Como ya les daban caza, trató de meter paz un cura joven, de estos vaticanistas, que a la vera del camino vendía estampitas e indulgencias retroactivas. Un yonqui de REMAR, como era protestante le gritó: “¡Apártate, traficante!”. Y los otros, que escucharon traficante, como traían temblando en las manos los monos recién resucitados, se apelotonaron en torno al cura para comprar lo que hubiera. Llegó al ruido un angelucho en un caballuco bayo, y al ver caballo los yonquis, y encima caballo blanco, tomaron palos y piedras para molerlo allí mismo. Acudió a la pendencia la guardia y puso paz entre ellos.
Los ricos, que venían justo detrás, en espera de ver la suerte que corrían los camellos, se pararon y no querían avanzar, y así mismo los ángeles tuvieron que arrearlos.
Vino en esto aleteando un querubín carrilludo y sopló algo a la oreja del ángel mayor que parecía el capitán, y enseguida se tocó al arma y hubo gran revuelo porque, según me contó el que me guardaba, en las filas de atrás había una multitud de desertores que, como de costumbre, se arrojaban al agua por ver si lavaban sus faltas en aquel divino río. Salió entonces al paso San Miguel y mandó que los dejaran. Y vimos, yo horrorizado, que los que esto habían tramado, fueron arrastrados por la corriente y bajaban dando ahogados alaridos hacía donde las aguas se encendían y se perdían por el desfiladero. Los otros prófugos, viendo esto, volvieron al camino y continuaron la marcha.
Una rehala de ladrones, un atajo de banqueros, un ayuntamiento de jueces y un haz de parlamentarios, con algunas almas sueltas de similar catadura, que traían por compañía una de la policía, como se les antojara arriesgado el lavatorio, venían protestando a sus guardianes en altas voces diciendo que les restituyeran sus cuerpos, que aquellas no eran sus manos, que alguien les había dado el cambiazo en la resurrección. Como no les valió el ardid, al ver que unos pobres venían tendiendo la mano pedigüeña, corrieron a su encuentro con las suyas por delante, y, los ladrones para que se la estrecharan y así menguar la prueba del delito; los banqueros y los guardias alargando la suya, disponiendo así la excusa de haberlas tenido tan largas; y por último, los jueces y parlamentarios por limpiárselas del pringue con que las traían untadas, todos se deshacían en cortesías y se aferraban a las manos de los pobres y no querían soltarlos, como si fuesen amigos del alma.
Un corro de viejas que detrás de ellos venía, abriendo bocas negras y escupiendo, pedían un desagravio y favor a la justicia, aduciendo que, como a esos, a ellas también les habían dado gato por liebre, que ellas habían muerto galanas y en la flor de la juventud.
Unos abogados que vieron la ocasión formaron corro y querían impugnar la resurrección. Los ángeles, que esto observaron, hicieron la vista gorda con los primeros y oídos sordos con los demás, atareados como estaban en disponer ordenadamente en la explanada a tan gran muchedumbre como era la que allí se estaba congregando, que pasaría todavía media hora hasta que concluyó la procesión. Cuando por fin llegaron los últimos rezagados, arreados por los ángeles, hicieron su entrada dos mujeres que traían escolta:
— ¿Ves esa, Cándido, que viene tan hermosa, toda vestida de lisonjas y rodeada de periodistas? Mira cómo trata la muchedumbre de acercarse a ella y tocarla. Se diría que la adoran. Pues fíjate ahora en esa otra flacucha y fea, que encima viene desnuda. Mira cómo se apartan de su camino tal si fuera apestosa. La bien vestida es la Mentira, ¿y la desnuda?
—Por fuerza ha de ser la Verdad.
Alguien debió de escucharnos y cundió enseguida el rumor de que andaba por allí la Verdad, de modo que se originó un revuelo enorme y fueron muchos los que en su honor y con pretexto de abrigarla se quitaban las chaquetas y trataban de acercarse a ella para cubrirla. Como la guardia no lo permitía cogieron entonces cantos y empezaron a arrojárselos con idea de lapidarla. Y así lo hubieran hecho si no llegan a emplearse a fondo cien o doscientos ángeles con sus espadas flamígeras.
No bien hubieron puesto paz entre ellos cuando vi pasar a todo correr a una dama muy hermosa con la ropa hecha jirones, que venía perseguida por una cuadrilla de gente rara, casi todos jóvenes y melenudos, aunque también había entre ellos algún viejo que los seguía acezante.
—¿Quién es ésa que tan apurada va y esos que la persiguen?
—¡Ah, ésa! —exclamó el ángel como si fuera su vecina— Es la Fama, hombre, y los que a su caza van, aunque se hacen llamar artistas, no son sino necios.
Se perdieron entre la multitud, cesó el tumulto, y dispuestos por fin los resucitados más o menos por gremios y por pecados, sonó una corneta y se presentó una guardia de ángeles en formación a dar novedades a los mandos del arcangelato. A continuación se saludaron todos con el ala y se volvieron hacia el oeste, hacia el desfiladero, por donde venían ya, oscureciendo aún más el cielo de aquel horizonte, unos ángeles con alas de murciélago.
—Ahora no te separes de mí —me dijo mi protector—, que estamos en tierra de nadie y nunca se sabe lo que aquí puede pasar. Esos son los embajadores del infierno. Los ángeles que ves con alas de murciélago son la guardia de corps de Luzbel.
—En vez de ángeles habrá querido usted decir diablos —le corregí.
—¿Acaso los ricos, los reyes, los presidentes, los militares, los duques, los policías municipales, los carceleros y los verdugos no son también personas? ¡Pues claro, hombre! ¡De todo ha de haber en esta viña! Y el trabajo hay que sacarlo adelante. Mira, sin ir más lejos: ¿Ves ese grande y feote armado de rompecabezas? ¿O ese otro pequeñajo y bermejo que trae aguijones de escorpión por garras? Pues ésos, ahí donde los ves, eran conocidos míos y les costó a los dos un triunfo el ganar la oposición, que no está nada fácil acceder a la administración infernal, y no es esto como España, donde se gana por enchufe. Pero atentos, que ahí se acerca ya Luzbel.
Cuando flanqueado por sus monstruos llegó a los pies del estrado el tal Luzbel, cundió un clamor entre el público, y empezaron a oírse gritos, a verse desmayos, y toda la muchedumbre se conmovió, pero en especial las mujeres y los mariquitas, que al verlo tan hermoso, se querían ir a él, y con gusto se daban ya por condenados y se dirigían a los diablos preguntando cuál era el camino del infierno y qué tenían que hacer para entrar en él. Unos diablillos rasos los acomodaron en una vaguada que había a la izquierda del estrado, y esto satisfizo a todos, pues, diezmadas las mujeres y aniquilados los mariquitas se aligeraba considerablemente la vista. Admirada no obstante la mía al ver que los diablos que a éstos guardaban iban por parejas y pegados por la espalda, le pregunté al ángel de mi guarda si había demonios siameses, que aquellos lo parecían. Él me respondió:
—Has de saber que entre esa turba hay gran cantidad de modistos y peluqueros, que suelen pedir siempre guerra, y que los diablos, por mejor defenderse de ellos, van espalda contra espalda. Y ahora calla y presta atención.
Sonó un cornetín de órdenes, presentaron armas ambas guardias, se intercambiaron marciales saludos y se hizo el silencio. Llegó entonces carraspeando una manada de ancianos, veinticuatro según mi ángel, y se fueron acomodando en las gradas que para ellos se habían dispuesto. Tras ellos llegó San Juan, el dedo en alto, y se colocó al fondo. Un ángel en las alturas desafinó a la trompeta, y apareció en el camino un viejo que traía de la mano un niño y el niño entre las suyas un palomo. El viejo era pequeño y barbicano, venía carraspeando algún gargajo, y allí donde escupió crecieron flores. Todos se inclinaron ante él. Avanzó hacia el estrado, subió guiado por el niño la escalera y se sentó en un sillón de estos sencillos castellanos que tienen cuatro palos torneados por respaldo. El niño hizo lo propio a su derecha y posó al palomo en una percha que tenía una tacita con alpiste. Se puso entonces el anciano unas puñetas de ganchillo, todos se volvieron a san Juan, quien bajó el dedo, y a un golpe de macillo dio por iniciado el juicio final. Un ángel subalterno ordenó:
—Que se presenten las partes.
Y los lujuriosos, fornicarios, y onanistas, que estaban en primera fila, admitiendo su pecado tiraron de bragueta. Y al oír que uno, de súbito arrepentido, exclamaba “mea culpa”, se pusieron a orinar todos creyendo que con ello lavarían la suya.
—Ya están los del sexto con su incontinencia —dijo mi ángel—. Me parece, hijo mío, que esto va a ir más deprisa de lo habitual.
Lucifer, en oficio fiscal y transfigurado en un ser menos bello por evitar altercados, se dirigió a Nuestro Señor diciéndole:
—Con la venia.
—¿Cómo dice? —preguntó el Señor, que debía andar ya un poco sordo.
Repitió el diablo lo dicho, y a continuación, dirigiéndose al consejo de ancianos, prosiguió:
—Estos que aquí os faltan al respeto los reclamo como míos sin mayor procedimiento, pues sorprendidos han sido con el arma en la mano. Los ancianos que aún quedaban despiertos carraspearon, y como no hubo alegaciones, el Señor Dios dio un mazazo, Lucifer chascó los dedos y acudieron enseguida muchos y feos diablos con feroces perros y los llevaron junto a las mujeres y los mariquitas, que muy contentos emprendían ya el camino del infierno.
Unos vascos empezaron a abuchear y algunos catalanes los secundaron diciendo:
—Volem un judici en català.
Y a éstos se fueron uniendo asturianos: “en asturianu nosotrus”; andaluces: “nozotro nandalú”; y por fin los castellanos: “nosotros no nos damos por condenados si no aparece y lo dice Román Paladino”. Se llamó a Román Paladino, pero no aparecía.
Un diablo con don de lenguas, como suelen ser, se ofreció como traductor, pero seguían quejándose y no daban por válido aquel juicio.
Envió el Niño entonces al Santo Palomo, que revoloteando sobre cada uno de los protestones, hizo que les brotase de la cabeza una lengua de fuego. Entonces entendieron y callaron para siempre.
Dios, un poco aburrido, volvió a golpear con el mazo, y con voz quebrada dijo:
—Siguiente caso.
—¡Que se personen los del cuarto! —dijo un alguacil.
Entraron entonces arreados por los diablos los que hurtaron, con uno rubio a la cabeza. El diabólico fiscal tomó la palabra:
—Éstos han de rendir cuentas por todas las que en vida falsearon. ¿Qué tenéis que decir en vuestro favor?
El rubio habló por todos.
—Pedimos simplemente la libre absolución.
—Primero habréis de confesaros, y ya es un poco tarde para eso.
—Traemos en la mano pruebas periciales que nos exculpan
— Sabido nos es que la prueba de vuestra pericia está en las manos, y nos consta que las tuvisteis bien diestras para la bolsa, sobre todo si era ajena, y que no erais manirrotos en el arte de contar, pues cuentistas y nada corrientes sois vosotros, que con vuestras letras y apremios sabéis escribir en las libretas la ruina y el ahogo de las familias, y tomando a las personas por sus cuentas, vais ensartando rosarios de pobres. ¡Traficantes de destinos!, ¡salteadores de almas! ¿No sois por cierto peores que diablos?, pues aprietan más y duran más vuestras hipotecas que un pacto con Satanás; que el pacto con él se extingue en un alma y una vida, y el vuestro obliga a los herederos generación tras generación. Vulgares ladrones sois y no más, pero aquí ante Dios ha quebrado vuestra banca, pues Él no va a dar más crédito a embusteros.
—Podrá Vd. decir todos los conceptos que quiera señor diablo; sin embargo nosotros no hemos hecho nada malo.
—Sin embargo, ni confiscación, ni leyes que os apoyen, cierto es que no habríais hecho fortuna, y si no hubierais nacido también. Mas toda la fortuna que amasasteis se os ha tornado mala ya en la artesa. Y además, dijo ya harto el diablo, ¡Y si no mostrad las manos!
Las mostraron y a todos se les hallaron las uñas largas. Ellos, que ya empezaban a mordérselas entre los castañeteantes dientes, se defendieron diciendo que es que eran guitarristas.
—¡Pertinaces embusteros! Vosotros no entendéis más son que el del dinero. El banco de la galera os aguarda.
Les fueron a echar mano los demonios y ellos se revolvían.
—¡No sabéis con quién estáis tratando!
—No, si tratar con vosotros no queremos, no nos vayáis a estafar.
—¡Quitadnos las manos de encima, rotosos, muertos de hambre! —gritaron ofreciendo resistencia.
— ¿Cómo os atrevéis a resistiros, osados, vosotros que atesorando los capitales los mortales tenéis en propiedad?
—Si nos apropiamos de unos y otros no fue sino por limpiar el mundo de pecado, tomándolos todos sobre nosotros, como hizo nuestro señor —dijo una empresaria en su descargo, y cargándolos a todos de cadenas se los llevaron a remar en las galeras de hierro incandescente que se veían a lo lejos.
Se alzó un ladrido de abogados pidiendo una prueba concluyente y el diablo les dijo:
—¿A qué tanto revolverse señores abogados? No hay por qué perder más tiempo. Cuando defendéis al ladrón ¿qué sois sino más ladrones? Y cuando embaucáis al pobre ¿no es más grave el latrocinio? ¿Abogar queríais? Ahí tenéis esas galeras. Y si no, por ser ladrones, y ya que tan bien ladráis, a ver qué tal os entendéis con esos perros —los acosaban ya los diablos con unos cerberos rabiosos—. ¿Qué elegís?
—Yo quiero apelar —dijo uno ensoberbecido, y los diablos allí mismo lo pelaron.
—Yo exijo una invalidación —y los diablos allí mismo le quebraron ambas piernas.
—Yo pido la inmediata revocación —y sin demora los diablos allí mismo lo embadurnaron de brea para que ardiera mejor.
—Yo pido amparo.
—Clemencia yo.
—Para mí inocencia.
—¡Ah, pecadores! —les dijo a éstos—. ¿No habéis fornicado ya bastante, que encima os atrevéis a exigir el gusto por su nombre? ¡Lleváoslos!
Por último uno dijo:
—Yo no me voy sin la absolución:
—No te preocupes —dijo el arcángel—. Ego te absolvo.
Y haciéndole la señal de la cruz con la espada lo hizo cuartos, según dijo, por todos los que en vida escamoteó.
Yo vi que aquello iba en serio y empecé a asustarme ante aquella ejecución que, sin embargo, no parecía cierta del todo, pues curiosamente el descuartizado no derramó ni una gota de sangre. El ángel de la guarda me cobijó bajo sus alas y me sentí más seguro. La muchedumbre igualmente empezó a inquietarse y se veía rebullir la explanada como una gusanera silenciosa. Eran dignos de ver los resucitados, todos con el traje de la boda, aunque un poco embarrado. Le dije a mi guardián:
—Señor ángel. ¿Cómo es que no ha vertido sangre ese abogado?
—Por dos buenas razones: porque no la tienen propia los de su oficio, y porque aunque la tuvieran no se derramaría aquí, que ya dio el Señor su sangre por todos. Mira bien lo que te digo, Cándido, hijo: Huye de los abogados, que siempre lo son del diablo, y de los procuradores también, que siempre lo serán de tu desgracia.
En esto se armó un corro en medio de los procesados y exclamé yo:
—¡Mire, mire, hay pelea!
Nos acercamos un poco y vimos a una especie de tendera que junto a su balanza hacía equilibrios con los ojos vendados, y a unos cofrades de negro que estaban discutiendo, no sé si por los pesos o por ella, pues todos trataban de coger su brazo y servirle de lazarillo. Pasaron a las manos. Y cuando uno a golpes consiguió apartar a los demás y tomarla, la guió hacía donde estaban sus enemigos, y como la mujer traía una espada en la otra mano, y era más bien robusta, dando palos de ciego hizo cucaña y estropicio de las cabezas. Luego, otro pretendiente logró arrebatársela al primero, y agarrándola él y tirándole del brazo, que lo tenía larguísimo, la llevó contra la gente. Y así la traían y llevaban al retortero haciendo arma mortal de aquella hembra que causaba gran daño entre la multitud.
—¿Así se juega a la cucaña en el cielo? —le pregunté al ángel mientras nos apartábamos— ¡Pues no es juego peligroso ni nada! Y no entiendo yo qué tendrá esa mujer, pues, además de gallina ciega y desproporcionada, no es tan guapa como para matarse por ella.
—Esa que ves traída y llevada como puta por rastrojo, y utilizada como arma arrojadiza, es la justicia humana, y esos criminales que discuten por ella y la utilizan son los jueces, proxenetas de la ley y mantenidos del delito, que viven de la sangre que derraman los asesinos, como vampiros, y reciben buena parte en cada robo, provecho en cada pendencia, contento en cada desgracia y ganancia en cada ruina. Son nigromantes y prestidigitadores que, con su arte taumatúrgica, sus sayas negras y sus crípticas palabras, del fracaso hacen fortuna, y en el banquillo del acusado sustentan ellos su banca, ésa que en el juego de los pleitos nunca pierde, y enamorados del oro deshojan la margarita de su veredicto, y arrancado el último pétalo, salga inocente o culpable, son siempre aciertos sus fallos, que al final siempre les queda amante entre los dedos el corazón amarillo, tan enamorado de la riqueza, que se han vuelto incluso poetas y de cada lágrima hacen perlas, de cada diente un diamante, de la sangre hacen rubíes, de los cardenales amatistas y aun de los huesos rotos marfiles. Parece que poseyeran la piedra filosofal, y malditos, más que Midas, ya no con tocarlo, sino con escucharlo en la audiencia, o contemplarlo en la vista, convierten en oro la madera de los palos, el hierro de los cuchillos, el plomo de las balas; incluso las palabras y los odios, la libertad y la muerte trocan en oro los jueces. Su naturaleza demoníaca y ladrona llega a tanto, que hasta los cadáveres levantan. Su peor delito es, sin embargo, creerse dioses y dictar en sus sentencias los destinos de la gente, que no ha habido dictadores tan fieros y poderosos, que hasta al juicio de la historia se sustraen. Y de todos los jueces, Cándido, los peores son los españoles, pues además de todos los pecados comunes a la judicatura, ellos son encima vagos. Pero ya verás, Cándido, hijo, en qué paran todos ellos.
Al ruido acudieron raudos unos diablos y atándolos por el pescuezo, hicieron de ellos un legajo y los llevaron a la vista del juez supremo, que no fue sino vistazo, pues ya los estaba esperando con el pulgar hacia abajo:
—Señoría —dijo un protestón—. Nosotros merecernos salvarnos más que nadie, que a todo el que tiene un pleito lo convertimos en bienaventurado, pues sin nosotros no habría perseguidos por la justicia, y gracias a nuestra labor, o mejor dicho a nuestra holganza, tenemos a los reos largos lustros pendientes del juicio y hambrientos y sedientos de justicia.
— Denegada. ¿No os dije que no juzgarais? ¡ Pues arreando! Os entrego a vuestros reos.
Martirizándolos con los tridentes, los diablos se los llevaron derechos al infierno. La muchedumbre recién maltratada por la espada no profería tan desgarradores lamentos como los jueces al escuchar la sentencia terrible, y al ver que se los llevaban, la multitud prorrumpió en aplausos y aleluyas, y unas beatas cantaron eso de “Libertador de Nazaret”, todos en fin satisfechos por la justicia divina y muy contentos de verse libres para siempre de la humana.
Trajeron a un gordo, que se dijo había sido sorprendido recaudando los cuartos del abogado que habían recientemente persignado con la espada.
—Ya apareció el que faltaba —dijo el diablo—. Sabíamos que esta semana nos iba a llegar usted, Señor Ministro de Hacienda, pero no sospechábamos que se descuidara tanto. Su asunto ya está decidido y tiene un color muy feo.
—¿De qué se me acusa?
—¡Ay, amigo! Antes acabáramos si me preguntaras de qué no se te acusa, pues no hay pecado ni mal, ni estafa, ni trampa ni crimen en el que la hacienda pública no tome parte y lleve ganancia, que cobrando la venta de alcohol se convierte en traficante y se sustenta de borrachos; recaudando las multas y costas de los juicios vive a costa del delito; y de la cigüeña al gusano, desde la partida de nacimiento al certificado de defunción cobra derechos sobre la vida y la muerte y ni aún ante ella se detiene, pues por medio de los notarios, publicanos de ultratumba que tienen la uña tan larga que les llega al más allá, se come las herencias enteras, que cuesta más partirlas y sacarlas que perderlas. ¡Dichosa hacienda que termina siempre heredando la tierra! Me alegro mucho, ministro. Bienvenido sea al infierno.
Los diablos se le echaron encima y al ir a cogerlo por los pelos se quedaron con la peluca en la mano, que era calvo, por lo que preso por las orejas se lo llevaron arrastras, entre el aplauso del vengado público, diciendo:
Por todo lo que robaste.
Por todo lo que no diste
Por los ricos que amparaste
Por los pobres que vendiste.
Y a cada letanía le iban dando un hachazo, de modo que a veinte pasos ya iba gritando la cabeza sola.
—¿Dónde están los de este partido? —gritó Satanás. Y nadie respondía, pero se veían grandes sofocos y enormes disimulos quitándose las chaquetas. Al fin los fueron sacando sin mucho esfuerzo, ya que, aunque negaron en principio como Pedros, delataron después como Iscariotes.
—Y ahora los pájaros del otro bando, y los burócratas también.
Cuando los reunieron a todos Satanás los reprendió:
—Éstos son los que han convertido a España en un infierno, los que con su mal gobierno han hecho que en tierra tan hermosa cunda la mala leche hasta anegar los ánimos y pudrir las almas de sus habitantes, que crecen ya envenenados tras mamarla en el calostro. Del gran corazón que diera vida a esta nación habéis hecho un Corazín digno de exterminio; de un país de buena fe veinte de malas intenciones. ¡Políticos! El día que os presentasteis para delegados de curso ya debimos haber acabado con vuestra carrera criminal. Y vosotros ¡burócratas! Por cada papel que negasteis, por cada disgusto que disteis, por vuestro mal humor y peor servicio vais a pagar altas tasas y rendir cumplida cuenta por los males que causasteis.
—¿Y los bienes? —dijo un diputado— ¿No se tienen aquí en cuenta los bienes que dejamos en la tierra, o qué?
Pero nadie le hizo caso sino para abuchearle, y sin más contemplaciones se lo llevaban con los demás. Entonces, viéndose perdido, gritó:
—¡Levantaos pueblo por la libertad y la democracia!
Le llovió un referéndum de esputos y un sufragio de pedradas que arrojadas por la desengañada plebe le botaban en la frente. Todos se agachaban ya buscando algo con que ejercer su derecho cuando los ángeles se interpusieron y San Miguel advirtió:
—¡El que esté libre de pecado!...
—Caro te está saliendo el parlamento, amigo mío —dijo el diablo—. En diluvio se ha tornado tu sufragio universal.
—¡Pues yo no me iré sólo al infierno, señor Satanás!—replicó el parlamentario lloriqueando, y rascándose un chichón dijo:
— Le ofrezco un pacto, y si me da protección y un escaño en el infierno o una concejalía en el purgatorio... tiraré de la manta ¡y a la mierda!, se vendrán conmigo muchos que si no ahí atrás quedarán como inocentes.
—¡Uhh! ¡Que lo quemen! —se oía entre la muchedumbre.
—¡A ver! ¡Habla!
—Tengo en la tierra una lista con trescientos periodistas vendidos, que ayudados por unos encuestadores y cabalistas taparon la verdad con mis mentiras muchas veces para que mi partido ganara las elecciones. Tengo también unas cintas que dejé en el despacho con testimonios que demuestran que el rey empina el codo en demasía, y a lo mejor con un poco que se apriete a los testigos, ya sabe usted, y con un generoso obsequio a estos venerables señores... a lo mejor lo condenábamos. Pero claro, tengo que volver a por ellas. Si usted me dejara bajar en un periquete a la tierra...
—Nada nuevo nos ofreces.
—Dispongo también de...
Le echaron un lazo al pescuezo, pues sólo así se callaba, y se lo llevaron entre los aplausos de muchos que, alegrándose con la del condenado, parecieron olvidarse de las propias penas.
—Mira qué cruel y vengativo es tu pueblo, Cándido.
—¡Anda, no! —exlamé yo—. Merecido se lo tiene.
—No está bien reírse de la desgracia ajena, y sin saberlo, esos que aplauden están agravando su caso con la trampa que hábilmente les ha tendido el diablo. Así se aclaran aquí los casos turbios, que un pecadillo de éstos basta a veces para desequilibrar la balanza. Que has de saber que Judas a punto estuvo de salvarse, porque, aunque fue traidor, murió arrepentido, y gracias a su traición se cumplió la redención del mundo, y estaba la cosa en un tris, hasta que el diablo, aduciendo la erección postrera, se lo llevó consigo. Y Franco se condenó, no por criminal, aunque mató mucho, que de eso ya venía arrepentido y confeso, sino por perjuro, porque ante el tribunal, preguntado si no era menos cierto que era falso que no había dejado de tener nada que ver en la muerte de su hermano, no supo qué responder al silogismo, se lió, y primero dijo que sí y después dijo que no. Hay que tener cuidado con los fiscales, pues con un no menos cierto que otrosí preparan la ecuación de tu condena y por arte de Juan Perandules, que si no se dice sí que se dice no, te enredan en un modus tolens y se juega uno la vida eterna.
—Pues por lo visto hasta hora no parece que hilen tan fino estos jurisconsultos. Y entonces... ¿el arrepentimiento in extremis no vale?
—¡Estaría bueno! ¡Menudo motín se armaría!
—Pero eso de... vale más un pecador arrepentido que... —no me dejó terminar la réplica.
—¡Bah, bah! Eso es sólo teoría. ¡Mira, ahí vienen ya, gimiendo y llorando, las hijas de Eva!
De las mujeres que de la desbandada primera habían quedado, trajeron un primer lote que, a decir del ángel mío, por tener puesto su gusto solamente en el dinero, no habían sucumbido a la arrebatadora belleza de Luzbel. Eran todas magdalenas revenidas y pellejos viejos, con alguna chica de batalla entreveradas.
—Mira, Cándido, te digo que no hay país como España en esto del puterío, que a vista de ángel, desde el cielo, has de saber que lo primero que verás en noche clara sobre las tierras de tu patria serán las luces de los puticlubs, que parece estén reclamando al cielo con sus destellos de colores, y por ellos se orientan hasta los pilotos de Iberia, fiando más en su parpadeo que en brújula o astro alguno. No hay país donde sea tan ostentoso el lenocinio. Pero mira dónde acaban estas almas con los cuerpos empeñados. Contempla ese hato de puticas viejas. Tan arrepentidas llegan y tan estragadas de carne, que vienen comiendo hierba por así mejor purgarse.
Habló el diablo:
—Estas vegetarianas, Señor, que someten sus purgaciones a la ordalía del pasto, merecen el infierno por todas las que en vida contagiaron.
San Miguel abogó por ellas:
—Arrepentidas llegan, diablo. No merecen sino salvarse, siendo las únicas en este país, además, que trabajan con gusto.
—Ni pa ti ni pa mí —dijo el Señor—, pidiendo están purgatorio.
Así se pactó, y por pena se les dio la que ellas ya llevan con su purga, y un ángel de un brazo y del otro un diablo, tapándose las narices, las apartaron detrás de unos matojos.
Confiando en recibir la clemencia que las otras disfrutaran salieron a los medios, sonrientes, unas mozas amortajadas de Chanel y Christian Dior, que venían de puntillas por no mancharse de barro.
A la sazón fiscalizó San Miguel:
—Adelante, adelante, señoras putas.
—¡Oiga! ¡Que yo soy modelo!
—¡No me digas! Según pone en este libro vendiste el cuerpo igualmente y encima no diste gusto, ni debajo lo sufriste. Mereces la pena doble, pues por tu cara bonita recibiste tus encantos, los vendiste, y además no trabajaste.
—Yo sí trabajé —dijo otra, toda asustada—. Que por no ir a fregar escaleras hice de actriz en una película y por no... —el diablo, que iba al quite, no la dejó terminar.
—¡Encima actriz porno! ¡Date presa!
Los diablillos se relamían mientras se las llevaban.
Al olor de las gustosas magdalenas que estaban siendo juzgadas acudió un séquito de bolleras deseosas de meterles mano e hincarles el diente.
—Ah, golosonas, dijo el diablo, y qué pronto habéis acudido al reclamo. Bien está que así haya sido, que no me cuadraba el estadillo. Tan bien disfrazada traéis vuestra naturaleza, machorras, que ha sido preciso un engaño para desenmascararos. ¿Y no os da vergüenza bujarronas? ¿Arramplamos con todas, Señor?
—Señor diablo —dijo una—. Se está equivocando usted, que yo soy travestí, y entre semana trabajaba como hombre, de electricista, y como mujer, los sábados, hacía de camarera.
—¡Demonio tiene! ¿Pero hombre eres? —exclamó el diablo, y medió San Miguel:
—¿Camarera dices? No hay trabajo más duro ni honrado, que estáis todo el día ante el dinero, y al contrario que los banqueros, que se les queda en las uñas, vosotras tenéis que rendir cuentas de todo ante un jefe ladrón y una parroquia borracha.
—Ya te tengo, dijo el diablo, y estás aquí en el libro de los muertos. A ti te llamaban la Eléctrica, el engendro más famoso de Valladolid. Empezaste depilándote las cejas, porque naciste unicejo; de ahí pasaste a pelarte toda, que te despellejaron viva como a un san Bartolo; te quitaron dos costillas, por ver si de ti hacían una Eva; ahorraste para un par de tetas, y por último te mandaste capar. ¡Monstruo! Bienvenida serás en el infierno para susto de los condenados.
—Hija, dijo el Señor, ¡y cómo te has puesto! ¿Tan descontenta estabas con lo que en dote te di? Reconozco que contigo, como con las bolleras, me salió mala la hornada. Anda, hija, pasa, pasa, que bastante infierno has tenido ya en vida. Y vosotros —le dijo a unos ujieres—, traedle un cuerpo de ésos de las modelos para que se contente esta alma y conducidla al cielo.
—¿Y para mí no habría un pellejo? —dijo un ser de voz grave, todo pintarrajeado. Más sobado que la masa, más untado que jurado, más que una bota cosido, más que un marqués estirado, era remiendo vivo y colgajo resucitado y venía poniendo morritos por mantener abiertos los legañosos ojos. El niño Jesús al verlo puso los suyos como platos y los diablos se echaron a reír y lo piropeaban. El señor Dios dijo:
—¿Un pellejo dices? Algo quedará, que allá he mandado unos cuantos. ¡Furriel! Mira a ver si encuentras algún retal por ahí.
—¿Y no tendrá también unos dientes? Que estos postizos se me mueven todos.
—Venga, venga usted, doña Sara —le dijo el demonio furriel—, que algo por ahí encontraremos.
Y ella, entre menudos pasitos y largas ventosidades, se acercó, y revuelta con las modelos se la llevaron, no quiero decir a dónde, sabiendo que la soberbia es pecado.
Las bujarronas, según se dijo, recibieron colocación: unas pocas en la tahona del infierno, para que hornearan sus bollos, y la mayoría en el purgatorio, bien de camioneras, o bien de albañiles para construir albergues en que dar cobijo a todas la almas que allí se esperaban, pues, según se rumoreaba, a la semana siguiente coincidía una epidemia de gripe con la operación salida.
—¿Era ésa la Sara que yo pienso, señor ángel? ¿Ésa de las revistas?
—La misma que viste y calza ya el cepo de los diablos.
Llegaron en esto a toda prisa los chicos de la prensa, trayendo sus ruedas de molino, y nos querían dar a todos la comunión. Hubo una desbandada de ángeles.
—¡Quietos todos! —gritó el arcángel—. ¿Quiénes son éstos blasfemos que pretenden dar la comunión sin consagrar?
—Venimos a cubrir la información
—¿Para qué? ¿Para preñarla de mentiras?—dijo el diablo—. Hagamos rueda de prensa.
Los diablos los cogieron por blasfemos y mentirosos, y tomando dos de las piedras que traían hicieron con ellas una prensa, y metiendo allí a unos cuantos periodistas los hicieron paparrucha y luego zumo. Lo cataron los demonios vinateros y uno dijo:
—Para ser vino de mentiras no es tan malo.
Lo cataron dos ancianos maestresalas y dijeron:
—¡Por Dios! ¡Esto no hay quien lo pase!
—In vino veritas. Malos son.
El mismo Señor lo olió y escupió (no creció nada), y por unanimidad se condenó por mala la cosecha entera de periodistas, que sin importarles mucho iban ya corriendo hacia el infierno, seguros de hallar en él muchos famosos.
Hizo el Señor una seña y el alguacil ordenó:
—¡Que entren los músicos!
Sacaron entonces un lío de melenudos, y el ángel me dijo:
—Fíjate bien, Cándido. De aquí se condenan pocos, que tienen favor ante el Juez. Éstos son los que Dios más quiere, que por las melenas y las barbas parecen hasta hijos suyos. Músicos son. Y has de saber que si en Dios cupiera envidia, de éstos sólo la tendría, pues es la música lo único en lo que el hijo ha superado al padre, que Dios inventó los colores y es el pintor primero; las formas todas, y no ha habido escultor que le iguale; las palabras, pues es verbo; pero la música es la obra propia y suprema del hombre, que supera con su genio al pájaro y aun al ángel, y parece además que esté viva, y es por todo ello que no se atreve nadie a juzgarlos y se les somete al jurado popular.
Revivieron un poco los ancianos y se regocijaron templando ya las cítaras, por acompañar al cante. Dios con un carraspeo los mandó callar.
Tomaron unos querubines el lío de los músicos, los desenmarañaron como buenamente pudieron, los dispusieron en fila, les dejaron instrumentos y les mandaron tocar.
Empezaron unos a dar guitarrazos, y la muchedumbre y las piedras les hicieron callar y se los condenó por malos. El diablo se los llevó, según dijo, para tormento de sordos.
—Mal empezamos, Cándido.
A continuación salieron unos de estos peruanos y se dispusieron a tocar, y no habían aún templado el charango, cuando acudió a detenerlos la guardia municipal, la porra en la mano diestra y la siniestra hecha un cazo. Se interpusieron los ángeles y haciendo con los guardias un haz preguntaron:
—¿Qué hacemos con éstos Señor?
No haría falta contar qué fue de ellos sabiendo que hay justicia en el cielo: Les pusieron el cepo y con sus propias esposas los llevaron al infierno.
—No quisiera estar en su pellejo —murmuré—, que habrá mucho vengativo esperando en el infierno .
—Merecido se lo tienen, que andan siempre aguando fiestas —dijo el guardia mío.
—Oiga, ¿y qué es peor?, ¿un guardia municipal, un guardia civil o un policía nacional?
—¡Pero Cándido! Eso es como si me preguntaras quién manda más, el padre, el hijo o el espíritu santo. ¿Quién ha de ser peor? Pues serán todos iguales, que son tres cuerpos distintos y un solo mal verdadero. ¡Menudas preguntas me haces! Pero he de decirte también que los que más se condenan son estos municipales, pues los otros se juegan la vida para ganarse la bolsa, y éstos se juegan la bolsa del que se gana la vida; los otros persiguen el delito y éstos la honradez; los otros, en fin, sirven al pueblo, y éstos sólo sirven al alcalde, que son recaudadores con pistola y allá donde ven miseria acuden como los piojos a pedir a los que piden y a requisarles la mercancía, y entre multas, tasas, arbitrios y contribuciones, tienen gordo al municipio y escuálido al ciu

Posted by: Miguel en: 25 de Septiembre 2005 a las 01:07 AM

(continuación del "viaje)
gordo al municipio y escuálido al ciudadano.
—Escuche, escuche y no se exalte, que ya suenan los charangos.
Tocaron pues en paz los peruanos y se salvaron, no por buenos músicos, sino por pobres.
Les tocó actuar después a unos que se llamaban “los Planetas”, ejecutaron un tema y le dieron tan mala muerte, que al terminar el pase les dieron uno para el infierno, por verdugos del oído y torturadores de la humanidad; pero los diablos no los quisieron, y se acordó que, ya que eran tan malos compositores y tan descompuestos tocaban se les mandara al purgatorio para que, mientras aprendían la solfa, coadyuvaran las evacuaciones. Salieron entonces unos llamados “Inoxidables”, y aunque a mí me sonaron de miedo y los ángeles hasta bailaban, sonó sobre sus cabezas un repertorio de cantos y no hubo más remedio que condenarlos también.
Salió a continuación Tamara, y la muchedumbre, antes de que empezara, ya estaba vitoreándola, y al primer desafine prorrumpió en carcajadas y en aplausos.
—Mal gusto tiene esta gente, señor —le dije al ángel.
—¿Qué se podía esperar si el otro día se salvó hasta Julio Iglesias? Mira al padre cómo avinagra el gesto, mira al niño, ¡pobre Hijo!, cómo se tapa los oídos. Hasta el Espíritu Santo, inquieto revolotea. Y es que este pueblo tuyo, aunque amigo de la farra, no es que sea muy musical. Estuve yo en un juicio de alemanes... ¡Bueno! ¡Para qué contarte!
—Pues calle —le dije yo—, que aquí llegan los gitanos. ¡La que nos faltaba!
Salieron unos gitanos con sus guitarras, y tan bien las tañeron, que a Dios se le cambió la cara y se salvaron todos.
Aquello empezaba a tomar aire de fiesta, cuando unos angelitos negros sacaron de entre la muchedumbre una bandada de curas y uno que, por la rabadilla que traía en la cabeza, parecía obispo. Para el caso actuó de acusica San Miguel:
—Estos dos, de la sotana raída, son curas pobres que siguieron tus enseñanzas, nada hay contra ellos. Este otro misionero es un poco rojo, pero consagró su vida a los pobres y amó al prójimo.
Dios hizo una seña y los ángeles los sentaron a la derecha del niño. Prosiguió la acusación Lucifer, quien, dolido todavía por la pérdida de la Eléctrica y la salvación de tanto músico, se estaba volviendo feo por momentos:
—Este otro que aquí veis comió bien, bebió más y vistió mejor. Ministro se hizo llamar, e incluso padre, aunque expresamente lo prohibiste, y dejó a todos sus hijos desatendidos, hambrientos, sedientos y desnudos. Aunque amantes tuvo muchos no amó a nadie sino a sí mismo. Y con la boca llena de tu nombre engordó y medró en la Iglesia hasta llegar a obispo.
Estaría Satanás repasando el currículum del prelado diez minutos, mientras los diablos menores se le iban acercando como lobos por detrás, frotándose las manos y relamiéndose como si les aguardara un suculento manjar. Los curas libraron casi todos, pero éste fue condenado por traficante de santos, chalán de almas, y porque en vez de celebrar la última cena hacía banquete diario, banco de toda la iglesia y caja fuerte del sagrario, y por otras hazañas que el diablo contó. Él se defendía:
—¿Y cómo no ha de tener bancos la Iglesia para los asientos de los fieles? ¿No prometió el Señor el ciento por uno? ¡Pues el mismo interés pedía yo!
Al final lo agarraron los diablos, y mientras unos iban delante haciéndole reverencias, los de atrás le iban dando zarpazos y dentelladas, de modo que en pocos metros llevaba ya arrastrando las tripas.
A Dios se le ensombreció el semblante y levantándose dijo: “Seguid vosotros”. Tomó al niño de la mano, el niño cogió el palomo, bajaron del estrado y se fueron caminando por donde habían venido. De pronto nació un clamor de muchas bocas y no creía lo que oía, pues primero me pareció entender “¡Huyyy!”, y al poco escuché claramente “¡Goool!”. San Miguel, que hacía el relevo, se puso a dar mazazos, pero nadie le hacía caso, y una escuadrilla de ángeles despegó y tuvo que ir requisando transistores. El ángel, abochornado, me dijo:
—¿Querrás creer que ni aquí nos vemos libres de la plaga del fútbol? ¡Que no haya otra cosa que interese a este pueblo tuyo, ni aun su condenación! ¡Válgame Dios!
—¿Pero por qué se va Dios? —pregunté— ¿Ya se acabó el juicio?
—¡Qué va, hombre! Pero ¿qué quieres? ¿Que esté soportando estos desplantes? Cada día se aburre antes, ya esta harto, y para mí que se arrepiente de haberos creado. No me extraña. Os hizo a su imagen y semejanza, os creó un mundo maravilloso, que... ¿dónde ha habido artista o escritor que ni tan siquiera imaginase tal cúmulo de maravillas, y además todas distintas? ¿Quién vio dos ocasos iguales? ¿Quién dos mares exactos, que ya en la forma o el carácter cada hora es su semblanza diferente? ¿Qué imaginación de artista o loco pudo concebir tal variedad de formas y colores, y además llenos de vida y capaces de reproducirse y hacerse si cabe más perfectos? Pues bien, no habéis terminado de abrir el regalo de la creación y ¿qué hacéis? Destruirlo y haceros la vida imposible, no sólo a vosotros mismos, sino también a todas las preciosas criaturas que os entregó por compañía y sustento. Os mandó incluso a su hijo, para que aprendierais a vivir, y ¿cómo se lo agradecéis? Le matáis la criatura. ¿Qué esperáis? Yo creo que de buena gana os borraría de la envejecida faz de la tierra; pero es bueno y consecuente y por eso ha decidido dejaros hasta que vosotros mismos os extingáis, aun a costa del sufrimiento de tantos inocentes y del destrozo de tanta belleza. Tan bueno es, que, a pesar de este teatro, no te vayas a creer que hay para todos estos condenación eterna. No es la crueldad de su gusto. Simplemente deja que rabiéis como niños, viendo que había algo más allá de vuestra televisión, y permite a los diablos, eso sí, os den unos milenios de tormento y después una segunda y definitiva muerte. En cambio los que se salven serán eternos.
—Está bien saber esto, señor ángel. ¿Y qué hay que hacer para salvarse? Yo... es que no soy muy rezador.
—Eso del rezo y de la fe es cosa de los curas y del opus dei, que tienen en ellos la tapadera de sus ollas de oro. Tú olvídate de Dios, que él no necesita de ti ni de tus rezos, y acuérdate de aquellos que precisan de tu ayuda. Si alguien te pide de comer ¿tú le regalarías un rosario? Mira, Cándido, yo creo que con no jorobar al prójimo, en el mundo de hoy ya sería suficiente.
—¿Tan fácil es?
— No debe de serlo tanto. Más bien y a la vista de lo que aquí se congrega debe ser casi imposible.
—¿Pero todos los mandamientos y eso de poner la mejilla y tal...?
—Se os pide mucho, a sabiendas de que no habréis de cumplir ni la mitad, pues si lo justo se os pidiera nada haríais.
Me confortaron las explicaciones del ángel y ya me veía yo poco menos que santo, puesta mi estatua en los altares.
San Miguel tomó asiento en el de Dios y mandó llamar al siguiente lote, cuando un rebaño de viejas tragamisas empezó a cantar eso de “No podemos caminar con hambre bajo el sol”. El arcángel, malhumorado, dio un mazazo y dijo:
—¡Vale! Pausa para comer.
Llegaron unos ángeles arrieros con unos carros cargados de sacos y de toneles y empezaron a sembrar desde los carros el maná y a repartir cuencos de vino entre la muchedumbre.
Todo el mundo se sentó a comer por ahí, sobre la hierba, y mi ángel de la guarda se acercó a por dos raciones. Cuando volvió nos sentamos también, bajo el olivo. Me dio el cuenco del maná y se quedó con el de vino. Yo probé la colación, que parecía palomitas, y no me supo a nada, pero entre la gente se oían halagos al cocinero. Un grupo de harapientos decía atragantándose:
—¡Qué manjar tan exquisito! No probé mejor cordero
—A mi me sabe a centolla.
—Y este vino es de los buenos.
—Si así se come en el cielo, merecía la pena salvarse.
—No sé si saldré sin cargos, pero si aquí me condeno iré por lo menos cargado.
Otro grupo, sin embargo, cerca de éstos, estando ya muy gordos no comían y se oía:
—¡A mi esto me sabe a hiel! ¡Y malditas las ganas que tengo de comer con lo que me espera!
—¡Esta bazofia no la comían ni mis perros!
—Este rancho del demonio no lo traga ni mi tropa.
—Y encima en el suelo y sin manteles. ¡Como obreros!
Uno de los andrajosos volviéndose dijo con la boca llena:
— De esta vida llevarás tripa llena y nada más, así que no hagas melindres, duquesa.
Yo le pregunté al ángel:
—¿Cómo es que a unos les encanta y a otros les repugna esta comida?
—Tonto pareces, Cándido. No come con gusto el condenado su última cena, ni aun la prueba.
—Entonces la duquesa ésa tan blanca...
—Si, hijo, sí.
—¿Y el general?
—Se condenan. Y ya lo están barruntando.
Pasaban por allí un par de ángeles que debían ser también de la guarda, pues llevaban, como el mío un cuaderno, ellos bajo el ala gordos libros. Al ver venir a estos ángeles, el mío les saludó marcialmente con el ala y les dijo:
—¡Qué! ¿No ha habido suerte?
—¡Qué va! —respondió con desgana el más joven de la pareja—. Ya ves, ¡el notario! No ha podido ser. Era un caso perdido.
—¿Y a dónde te ha tocado?
—¿A dónde va ser? Otra vez a España. Yo que tenía esperanzas de emigrar a Alemania... ¡o a África aunque fuera! Que ahí me han dicho que los niños todavía juegan a los santos.
—Resignación, hermano, resignación —le consoló con voz vetusta el otro ángel, un vejete con los ojos de águila y la pluma rala y amarillenta.
—¿Y usted, abuelo?
—Yo mantengo la esperanza. Por ahí tengo aguardando una vieja. No es mala, pero me salió viciosa.
—Bueno. Pues a ver si hay suerte —le deseó mi custodio.
—Y tú qué —le preguntó el viejo—. ¿Tienes aquí de visita un enchufado?
—¡Ya ves! La madre, que es una santa no menos caritativa que rezadora. A ver si el chaval se enmienda y sigue sus pasos, porque hasta ahora...
—Nada, hijo —me dijo el viejo— A ser buenos ¿eh? Y no olvides cuán grande es el poder de Dios. Escarmienta en la carne de estos pobrecicos y no le des disgustos a tu madre.
—Sí señor, gracias —le respondí.
—¡Hala vamos, abuelo! —le dijo el ángel joven—. Que yo ya me tengo que incorporar. ¡Ni un día de descanso que me dan! ¡Perra eternidad!
—¡Venga! ¡Pues ya me contaréis! ¡Que Dios reparta suerte!
—No sé, no sé —mascullaba el ángel viejo al marcharse.
Yo pregunté al mío:
—¡Oiga! ¿Y yo estoy aquí entonces por mi madre?
—Si, hijo, sí. Por la intercesión de San Antonio, de quien como sabes es devotísima, se te concede el don de esta visión. Digo yo que será para que te arrepientas. Más no sé. Soy un mandado.
Yo, que estaba más inquieto por los disparates que veía, que por mi salvación le pregunté:
—¿Y envejecen los ángeles?
—No, hijo, no. Éste anda así porque sirve a una vieja, y se conoce que por no desentonar... ¿No has visto cómo pintan los angelitos que guardan a los niños, los de las cuatro esquinitas, que son como querubines todos? Pues éste lo mismo.
—¡Ah...!¿Y por qué llevan ésos gordas Biblias y usted carga sólo con un cuaderno?
—Veo que eres observador, Cándido, y eso me agrada. La respuesta es que eres joven, hijo mío.
Entonces entendí lo de los libros, y me alegró que mi vida fuera tan delgada. No me atreví a pedirle el cuaderno y pensé que sería mejor robárselo cuando se despistara.
—¿Y usted qué hace que bebe tanto y no come?
—Yo soy colibrí que de néctar se sustenta.
—Pues podía ir y traerme otro poco de maná, que tengo un hambre...
—Raro me parece, que siendo tú tan flaco, y con lo que llena este alimento... Pero está bien que comas, hijo, que estás como un pajarín. Ahora mismo te lo traigo.
Se marchó a buscar la vianda, pero con el cuaderno bien apretado y sudado bajo el alón.
Me quedé rumiando el maná y dando con él vueltas a mi madre, pues como aquel que en el sueño ignora que está soñando, yo no sabía que eran las setas las que me habían llevado allí. Me sacaron de mis cavilaciones unas voces que sonaban de la parte del infierno, y al volverme vi que dos demonios andaban a mordiscos por unos despojos, e inexplicablemente impasible no me horrorizó la visión de las entrañas, como no me había espantado toda la carnicería que ya había presenciado. Otro diablo, que tenía las fauces libres, aprovechó y se llevó hacia la oscuridad el botín, y tras él, abandonando la pelea, salieron los diablos burlados. Llegó entretanto el ángel con dos cuencos, como antes, y al verme la cara me dijo:
—No te asustes. Eso es todo teatro para amedrentar a la gente y que así se estén tranquilos.
—¡Oiga, don Ángel! ¿No le parece a usted que Satán y San Miguel andan un poco picados?
—¡Anda! ¿No habían de estarlo?
—¿Tan mal anda el cielo de almas?
—¡Te diré! ¡Nos ganan por goleada! ¡Y mira que Cristo prometió el ciento por uno! Pero ni aun así. Va mal el negocio, muy mal. A este paso nos quedamos en la calle. A ver si aumentamos las ganancias, que si no... No debería contarte todo esto, pero ya de puestos... Recientemente han apostado San Miguel y Satanás a ver quién gana más almas. Y mientras San Miguel anda por ahí en algún púlpito desgañitándose, dando ejemplo de pobreza bajo los puentes, y nos manda a unos cuantos a pediros por caridad que os salvéis, que nunca me imaginé semejante rebaja, Satanás anda por las ferias y discotecas y conciertos de maestro tatuador, y ya puede prometer el santo ángel su ciento por uno, que llega el diablo y ofrece mil duros por alma y no da abasto, que todo el mundo le quiere vender la suya, y tomándolo por tonto y creyendo que lo engañan regalan lo que es más caro. Y si regatea un poco, por una papelina o un par de copas ya tiene un alma ganada, y no cualquier alma, sino almas jóvenes, que son las que más valen. Antes, el diablo, para comprar un alma, tenía que emplear a una legión de demonios haciendo prodigios, llevando a la gente en volandas, conquistándoles mujeres, ofreciéndoles tesoros, liberándoles de las prisiones, y otras cosas muy trabajosas y de mucha magia, como le pasó con el Fausto ése, que por mucho que escriban, te digo que arde para siempre en el infierno; ahora, sin embargo, le basta al diablo ofrecer un billete, y como corre con los tiempos, ya no se anda con contratos ni bobadas, les dice: “te compro el alma”; le responden:“¡tú estas loco!”; él les enseña el billete, y como casi todos consienten, les tatúa un pentaculito o una cruz boca abajo ¡y arreando!, otro que se lleva derechito y sin juicio a la caldera. ¡Claro, como el alma no se ve!... ¿Para qué la quiere la gente, verdad? La voz se corre enseguida. Creen que se ríen de él, y es él quien los burla a todos y no da abasto el condenado. Anda ambulante y mudando la tienda cada dos días por no tener problemas con la policía. Pero si en algún concierto o feria ves una caravana negra y un tío barbudo que se hace llamar el maestro tatuador, y ves cola en la tienda y a toda la gente sonriente y satisfecha, ése es. Y tiene además por ahí gente ganada, mortales digo, que se han metido también a tratantes de almas, y a todo el que se quiere tatuar, si responden sí a un par de preguntas le hacen el tatuaje gratis, y he oído que la gente incluso paga, pues se ha puesto de moda el condenado pentáculo, y hacen negocio y todo. La apuesta la tiene San Miguel más que perdida. ¡Vamos! No daba yo por él un duro. ¿Qué almas se van a ganar si encima se ofrecen a cambio sólo trabajos y privaciones y hacer el ridículo y ser bueno y justo, y perdonador e ir, en fin, contra natura? Nada, por que el natural del hombre es pecador, y no te creas que andan los diablos tentando, como nosotros andamos disuadiendo, trabajando día y noche sin descanso. ¡Qué va! Ellos sólo tienen que sentarse y esperar a que piquen. Ellos son los verdaderos pescadores de hombres, y te digo que sacan los aparejos llenos, pues tienen muy discreto el arte y sabroso y abundante el cebo. Nosotros, en cambio... Nosotros ofrecemos anzuelos pelados, dolorosos y puntiagudos, y nasas vacías, y encima de prometer una vida más allá y fuera del agua, nos van delante los curas revolviendo el río, dando escándalo y espantándonos la pesca. Los diablos cazan a la espera, cómodos en las mejores atalayas y tiran a lo que pase, y nosotros nos cansamos al ojeo de la virtud, una especie en peligro de extinción; los diablos no aran, ni abonan ni siembran ni cultivan, sólo se sientan a esperar que crezca por doquier la mala hierba, y la cosechan en abundancia. ¿Qué necesidad tiene los diablos de trabajar si está trabajando por ellos toda la humanidad? Antes desde Roma y ahora desde los Que Están Unidos manejan un imperio que tiene firmes aliados en la publicidad, en el cine, en la televisión, en la prensa, en el inglés... Ahora han abierto delegación en España ¿No has visto cómo sucumben los chavales a cualquier reclamo yanqui? ¿Cómo pueden competir las procesiones, las misas, el agua bendita y los bocadillos de chorizo con los conciertos, la cocacola y las hamburguesas? ¿Cómo se puede comparar “Loosing my religion” de REM o “Satisfaction” de los Rolling con el “Yo tengo un gozo en alma” del padre... yo qué sé? ¿Qué beneficio podemos esperar representando estos productos? Tienen todas las de ganar, como te he dicho, porque el natural del hombre es pecador y su querencia lo malo, también porque el padre conoce mejor que nadie a sus hijos, y has de saber Cándido que tu padre y el de todos tus hermanos no es precisamente Dios.
—No hace falta que me diga que mi padre no era un santo. Ya lo sé yo. Que nos dejó abandonados a todos y se fue con una negra del Huracán de Benavente. No lo oculto.
—No hijo, no, y perdóname que asuma, al así llamarte, la patria potestad que no me corresponde. Tu verdadero padre y el de todos tus hermanos, déjame terminar, no es ya Dios, sino el diablo
—¡Será usted hijo de puta!
—No, hijo, entiéndeme. Me refiero a tus hermanos los humanos.
—¿Y cómo ha de ser eso?
—Tiempo ha que se cansó ya de vosotros, hizo dos y fue bastante, que no le salió bien el experimento. Dios creó todo lo bueno, hermoso y justo, que aun las fieras viven en la armonía de la naturaleza y la respetan. ¿Cómo entender entonces que de una naturaleza buena nazca el peor bicho de la tierra, que es pelón como el cochino, prolífico como rata y más malo que la sarna? ¿Cómo de la mano de un mismo artista pueden salir dos naturalezas tan contrarias? ¿Cómo tanta perfección puede provenir del mismo origen que aquello que la destruye? ¿Cómo puede ser el pueblo de Dios, —¡vamos a ver!— los judíos? Pero el diablo os injertó y contagió, más que la inteligencia, la soberbia, de él tan propia, y ahí ya abandonó el Señor la obra. Y encima, ya ves, está cargando con culpas de otro y con hijos de un pecado que no es suyo. De vez en cuando se entretiene con alguna costilla, por no perder la mano, pero hace un rato viste qué adefesios le salieron.
—A usted, como alguien le oiga le van a chamuscar los alones, amigo. Y entonces... ¿quién es más poderoso Dios o el demonio?
—Cada cual hace su trabajo... ¡Pero atento!, que ya se levantan los manteles y se va a reanudar la vista.
Saciada pronto la gente, que el maná llena mucho, pasaron los ángeles despenseros recogiendo las escudillas y sonó el cornetín de órdenes. Volvieron a formar ambas guardias, tornaron a saludarse, se sentaron los ancianos, y como Dios no venía, tomando San Miguel el asiento del Señor, dio el mazazo de rigor y un alguacil proclamó:
—Se reanuda la vista, que pase el siguiente lote.
Dándose codazos y empujones, con los pensamientos bajos y las cabezas muy altas, venía una cuadrilla de lechuzos, las mujeres atusándose el pelo y los hombres con las manos en la cara, como aliviando flemones.
—¿Quiénes son estos pájaros? —preguntó el ángel batallador.
—Hombres de letras dicen que son.
—Pero ¿no juzgamos hace un rato a los banqueros?
—Escritores somos —dijo uno vestido de gala, con los ademanes largos y los pasitos muy cortos.
—¿De la pluma entonces? Bienvenidos seáis los que con los ángeles compartís tan noble oficio y que...
—¡Alto ahí! —dijo un ángel viejo y moteado de tinta que cayó tropezando de una nube—. Mirad con más rigor a qué intrusos vais a dejar entrar en el paraíso, Señor San Miguel. Reparad que es falso el hábito de estos frailes, y así como son pintores igualmente el que embadurna paredes y el artista que ilumina, son estos pintorescos pájaros escritores de pluma gorda y cargada con cartuchos de monedas, que es lo único que saben contar.
Y dirigiéndose a los escritores prosiguió:
— ¿Cómo os atrevéis, usurpadores, a decir que ejercéis el noble oficio que junto a unos pocos y esforzados elegidos sólo profesamos los ángeles, evangelistas y exegetas?
—¡El jeta lo será usted, agüelo! —dijo una de las aludidas, que se llamaba Lucía, hecha una birria, gorda y sucia—. ¡Y cuidao! ¡Que no sabe usted con quién está hablando! Que yo he ganao el premio planeta por una novela que he escribido muy moderna, que empieza por el rabo y termina donde empieza.
—¡Sin vergüenza! ¡Gocha! Tus palabras bien anuncian tu ignorancia y la de ese planeta que te premia. Yo haré cañones de tus huecas plumas, pájara, que antes fuiste prostituta y tras hacer la carrera, aun sin diploma, te metiste a periodista y de ahí paraste en lo que eres.
—¡Qué burdo es este Apolo! —murmuró uno con melindres—.¡Y qué look tiene, por Dios¡ ¡Y habla antiguo! ¡Qué mal gusto!
—¡Cállate tú, maricón! Que bien sé yo dónde tienes tú alojado el gusto, y ya conozco el género de plumas que tú gastas, y te diré que no son sino de gallina clueca.
—¡Esto es inadmisible! —se quejó uno reivindicativo— ¡Queridos compañeros-compañeras! Propongo que nos revelemos todas-todos y firmemos un manifiesto-manifiesta contra este Quevedo-Queveda.
—¿También tienes tú incertidumbre en el género? Marica has de ser también y con gusto analfabeto, que así hablas. Claro, yo te conozco. Tú eres aquel que no perdía ripio ni fiesta, e iba, osculador incansable, repartiendo besos y cobrando voluntades para salir en la tele. Aquel que contaba billetes y no velaba patrañas con tal de armar un escándalo y que hablaran de él. El mismo que, celoso de ajenas famas, jugando a la silla en la academia se quedaba siempre en pie y desprotegido. Sé quién eres y te digo que ahora también te quedarás en el umbral, que por mucho que porfiaras por meter tu pluma en los anales, te aseguro que no has de entrar en los de la historia, y que, por muy sodomita y meticuloso que seas, en análisis suspendes. Y como tú todos estos. ¿No aprendisteis ignorantes en la escuela, que esos plurales son como los ángeles, que no tienen marca de género?
Respondió otro interpelado
—¡Esto es un atentado a la cultura!
En esto mi ángel me dijo:
—No te muevas de aquí, que voy a saludar a un compañero que no he visto hace ya un siglo. Ahora vuelvo.
El ángel gruñón proseguía contra los de la pluma:
—¿Qué es cultura? ¿Ese torpe monumento a la ignorancia que habéis construido con la ayuda de esos que se esconden tras vosotros? Salid, salid todos, editores, críticos, periodistas, representantes... Vosotros sois los culpables por patrocinar basura y por encubrir y fomentar a éstos que no son sino criminales y lujuriosos, pues dejándose llevar de los americanos, no hay libro suyo o auspiciado por vosotros donde, por entontecer al público, no haya únicamente fornicaciones y asesinatos con los que, aunque sólo sea de pensamiento, matáis y fornicáis también, habiendo convertido la novela en un género negro, sucio, muerto y simplón. Y qué decir de vosotras, ¡señoritas escritoras!, relatoras de amoríos, que por tener sólo el talento entre las piernas o en manos de poderosos no os da el cuento para más. Como tú, Maruja, que hacías torres de dinero; tú, Carmen, posada de la codicia, albañar de pecadores; y también tú, Isabel, que allende las cacerolas no debiste pasar nunca. Merecéis olvido y condenación.
Callaban, pálidos, los falsos escritores. Tomó aire el ángel pinto y prosiguió diciendo:
Como veis, excelsos jueces —cabecearon los ancianos—, todo este lote es de intrusos: ésa de ahí es la esposa de uno que se acaba de condenar por banquero, y la pluma que tiene es del desplume del prójimo; ése gafotas estirado es un chupatintas, pluma de buitre, que todo lo que publica son subcontratas y tiene tres negros sudando la tinta con la que él firma; ése viejo un lameculos, aquel un sacacuartos, el otro no es nada sino hijo de alguien, la otra lo es de varios, y todos ellos, venerables jueces, pecan además de por lo dicho, porque en vez de dedicarse a los viles oficios mencionados y propios de su condición, detentaron el de escritores y robaron el pan a muchos de los que aquí no llegarán sino como pobres, auténticos artistas que en la lid con las palabras perdieron la hacienda y la salud, y que para sobrevivir tuvieron que comerse la pluma mientras otros se merendaban el ganso, que no da frutos labrar el campo semántico, ni sustancia el sustantivo para mantener una familia de la palabras. Ellos, al contrario que vosotros, sí ganarán la inmortalidad, mas no por lo que compusieron, que no les dejasteis asiento en vuestros libros donde escribirlo ni aliento para gritarlo. Vosotros todos, contables literarios, proxenetas de talentos, prostitutas de la pluma y oligarcas de las letras, sois amañadores de concursos, urdidores de fracasos, conjuradores de glorias, y además pecáis de ladrones, lisonjeros, calumniadores, soberbios, avariciosos, y el peor de vuestros crímenes es haber matado la poesía, y haber convertido el templo de la literatura en una casa de cambio donde todo vale menos la inteligencia y el arte. “Por sus obras los conoceréis”, dijo el señor, divinos y justos jueces. Y si todas éstas, por lo malas, no bastaran para condenarlos, suficientes son las que han escrito.
Concluido su alegato y sin aliento, el viejo ángel gruñón se encaramó con esfuerzo a una nube a esperar el veredicto. San Miguel y Satanás, que se habían retirado ante el furor justiciero del anciano, volvieron al estrado, y mientras se ocupaban de registrar en sus respectivas listas las altas y bajas, se proclamó el veredicto, en el que los magistrados juzgaron a aquel lote de escritores y su acompañamiento indignos del parnaso y merecedores del infierno, y obligaron a los diablos a que los tomaran, pues, de miedo a ser tomados ellos, no se atrevían a hacerlo. Ante la orden tonante de Lucifer se acercaron tres demonios, los más bravos y, con los tridentes por delante y sin dar la espalda, los fueron conduciendo hacia el infierno, desde donde empezaban a llegar horribles lamentos, no por los tormentos infernales, según mi ángel, sino porque Joaquín Sabina y Ramoncín se habían colado en él, sin juicio y aun sin morirse, y estaban torturando a los condenados, el uno con sus ripios, y el otro con sus simplezas.
Yo me quedé sorprendido de las vueltas que daba la fortuna, y satisfecho del fin justo que daba Dios a sus pleitos, cuando, en esto, hizo su entrada una partida de vagabundos barbudos y viejas andrajosas, que incluía también unos moros, una tropa de mercheros y una caterva de gitanos que venían tocando palmas y profiriendo aleluyas. En total serían más de mil, todos sucios y de mal pelaje, que venían rascándose reencarnados los sabañones y resucitados los piojos. San Miguel al verlos exclamó:
—¡Oh flor de santidad! ¡Hijos míos! Venid acá inquilinos de los puentes, aquellos que tuvisteis por manta la escarcha y por techumbre el cielo. Gozaréis ahora para siempre de su azul albergue. ¡Mirad todos! Aquí está lo que mejor cría España, los ingenios más agudos que el hambre sustenta. ¿No hieden por cierto como santos, ayunan como anacoretas y rezan más que beatas, pues están a todas horas pidiendo en las iglesias? Pasad, pasad todos y sentaos a la mesa del señor, que franco está este umbral para los pobres.
Formando los ángeles un pasillo ante el umbral de tramoya que daba paso a la gloria, primero les preguntaban el nombre y los tachaban de un libro, pero al poco se dejaron de formalidades y menos los gitanos, que habiendo oído franco pasaban recelosos mirando a todos lados, el resto iban entrando en manada y atropellados por aquel coladero.
—¡Alto ahí! —tronó Satán— y dirigiéndose a unos diablos de su guardia les dijo: —¡Lobo! ¡Sacahuntos! ¡Escorpión! Acudid presto y desbrozadme esa quincalla. Si me cobráis algún alma cenareis los corazones y si no me la cobráis...
Raudos los demonios, que como perdigueros ya habían dado la muestra, con un ademán sagital, se tiraron hacia el pelotón de pobres, que salieron en desbandada. Bajó San Miguel del estrado y Satanás le salió al paso mostrando su libro abierto. Se dijeron cuatro cosas que no escuché y se metieron entre el tumulto para dilucidar el caso.
Salió al poco presuroso Satanás y les grito a otros diablos:
—¡Pesadumbre! ¡Leviatán! ¡Soltad el Remordimiento!
Trajeron los susodichos un gran perro pentafauce y repleto de púas que se abalanzó hacia el umbral del cielo.
En esto me vi en el parque, rodeado de mis amigos, que me daban bofetadas intentando despertarme. Me dio mucha rabia, porque no había podido ver concluido el juicio final. Todos nos contamos entonces nuestras alucinaciones. Soñé que volaba, decía uno; yo que me tiraba una negra, contaba otro; yo veía los árboles de color rosa, relataba un tercero, y yo, habiendo tenido tan rara y prolija alucinación, no me atreví a contarla, no fueran a tomarme por mentiroso, y dije que había visto extrañas aves. Nos despedimos, y camino de casa, sorprendido tanto por el efecto alucinante de aquellas setas, como por su inocuidad, ya que me sentía perfectamente, decidí volver al día siguiente a buscar al camello para que me pasara más y así poder asistir a lo que me faltaba del juicio, pues me había quedado con la intriga de ver, entre otras cosas, qué había pasado con los pobres y saber por qué el demonio les había echado el alto.
Llegando a casa se apoderó de mi un enorme cansancio, y ya en la cama sentí cómo volvió a tomarme la misma placidez que en el parque y caí en un sueño, de cuya oscuridad surgió de nuevo la visión, y vi venir a mi descuidado guardián, a saltos, como una urraca, temeroso de que me hubieran raptado, y le pregunté qué pasaba con los pobres.
—¡Qué ha de ser! Lo de siempre. Por las audiencias que ya he presenciado te diré que siempre es igual en los juicios de españoles: hay mucha apariencia y engaño. En vida, por cada rico verdadero hay cuarenta fingidos que tienen hipotecado hasta el vestido, pero llegado el final, por cada pobre de ley hay otros cuarenta clandestinos, que vienen así al juicio por colarse. ¿Qué había en ese grupo, que no pude verlos?
—Pues me pareció que había muchos barbudos:
—¿Barba muy negra?
—Algunos sí.
—Falsas eran esas barbas, y judíos del alma todos, y por ello avaros y ladrones, que en la nariz traen ganzúa con que abrir la puerta al cielo.
—¿Y los barbicanos?
—¿Serían muy largas las barbas?
—Mucho, como de dos cuartas.
— ¿Y muy altos ellos?
—Sobresalían medio cuerpo por encima de las cabezas.
—Sindicalistas eran, sin duda, y montados iban sobre un trabajador, cubriéndole las espaldas, que les gusta jorobarlos en tal postura. Ésos se condenan todos por mentirosos y holgazanes, que mientras sus camaradas trabajan, ellos, liberados de la carga que dio Dios a todo hombre de bien, lo son de mal y no hacen sino meter cizaña y engordar arruinando con su peso al proletario. ¿Qué más había?
—También había unos moros
—Ésos hay que reexpedirlos, que van al juicio de Alá. ¿Qué más?
—Muchos gitanos.
—Ésos son los de Yaveh. Malo. No libran muchos de esos.
—¿Cómo los de Yaveh?
—Sí. Que ahora se han hecho todos evangelistas y se dirigen a Dios diciendo: “Ya veh, que no tenía pa comprar la leshe al niño y me metí a traficante”. “Ya veh, que se me hiso mala sangre y apuñalé al Pititi”. ¡Ay hijo! de esos hay pocos en el cielo. ¿Qué más había?
—No sé... vagabundos, gente rotosa y de mal pelaje, pero parecían todos pobres, y los pobres se salvan ¿no?
—Desconfía, Cándido, desconfía. Si son pobres y españoles no lo habrán reconocido y estarán ocultos por ahí detrás, mas no en manada. Que el pobre de verdad, si es español, es tan soberbio y vergonzoso que nunca reconoce que lo es, así se muera de hambre; y alguno hay que se gasta lo poco que tiene en alternar, hoy como, hoy no como, y mientras la familia está sin cena y en ayunas, no deja de visitar el bar porque no lo llamen pobre, y si se lo llaman dice: “¿A mí me llamas pobre, muerto de hambre? Tengo yo para mantenerte a ti y a toda tu familia. ¡Que vale más la casa que tengo yo en el pueblo...!”
—Eso era antes, hombre.
—Bueno, algún pobre auténtico habrá; pero repara que hay también mucho muñón postizo y mucha mano escondida, que pobres he visto yo en el juicio que por pasar por tullidos se dejaron en la tumba los miembros resucitados.
—Eso son todo prejuicios.
—Pues míralos, ahí salen ya.
Por el umbral de madera iban saliendo, orgulloso Satanás, alicaído San Miguel y cariacontecidos y pálidos los sindicalistas, tal como se había predicho. Con una mano esposada y la otra puño en alto, gritaban a la muchedumbre por promover un tumulto:
—¡Compañeros! ¡A las barricadas! ¡No pasarán!
—Y vosotros tampoco —dijo el diablo riendo, y seguido del pobre Miguel subió al estrado, y entregando el libro al menor de los ancianos se volvió a los reos:
—¿Cuál es vuestro oficio?
—Negociar.
—¿Y cómo siendo el negocio vuestra ocupación os hacéis pasar por pobres?
—Negociábamos los intereses del trabajador.
—¡Y qué duras tenéis las conciencias, que no admitís vuestra culpa! Éstos, señorías...
Aquí se detuvo el demonio, pues, tropezando con las muletas y con las joyas, los billetes, las escrituras y las acciones con las que venían cargados y que habían llevado ocultos bajo los harapos, iban saliendo atropellados por la puerta muchos de los presuntos pobres, remordidos a conciencia y dando alaridos. Detrás de ellos salieron los diablos y el remordimiento, quienes los arrinconaron en una esquina, a los pies del estrado. Sin hacer caso de ellos, el diablo prosiguió en su alegato.
—Estos dos, iba diciendo, señorías, son mercaderes de esclavos, y como bien han confesado recibían la plusvalía del dinero ajeno y luego se lo jugaban en la mesa de negociación. Mala memoria hacéis a los héroes del socialismo, que habéis convertido el movimiento obrero en un baile al son de la patronal. ¡Ah ladrones! ¿No sospechabais que al pactar con las empresas firmabais convenios conmigo?
Sacahúntos y Escorpión saltaban ya alrededor de su amo esperando el botín prometido, mientras Lobo le arrancaba a uno la falsa pata de palo.
—Y vosotros —se volvió a los del rincón, que se estaban orinando de puro miedo—. ¿De qué valen ahora esos títulos y acciones que os pesan? ¿No habéis tropezado, siendo ricos, realmente con la escritura?
Ante las fauces del remordimiento confesaron en masa. Y descubierta la verdad se condenaron, y todo ocurrió más o menos como el ángel me había dicho, ya que los supuestos pobres no lo eran, que habían dado el cambiazo, y no hubo entonces más que entresacar de la muchedumbre restante a los bien vestidos para declararlos pobres, sin necesidad de más pruebas.
Se regocijó entonces San Miguel, y cuando los vio todos juntos exclamó: “¡Aleluya!”, y tomando una de sus plumas por batuta, dio la entrada al coro. Mi ángel, emocionado dijo:
—Escucha Cándido, hijo. Llega la hora de la gloria. Ahí entra ya el primer coro con sus tres voces: Serafines, Querubines y Tronos.
Mientras esto decía iban descendiendo de los altos nimbos angelitos regordetes que entonaban un suave canto a tres voces.
—¡Divina música! Ahora entra el segundo coro formado por las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades.
De entre la multitud se iban elevando otros ángeles mayores al encuentro de los niños. Seis voces empezaba ya a ser demasiado.
— Y ahora entra el tercero y el más potente de los coros, con los Ángeles, Arcángeles y Principados.
Aquí se unió al canto mi ángel, y al tiempo que iban in crecendo los vozarrones, se elevaban de aquí y de allá todos los ángeles que en el suelo quedaban para unirse a los de arriba y formar todos un círculo y un estrepitoso y discordante aleluya con el que culminó la alabanza, al tiempo que en el medio aparecía el Cristo.
Cayó entonces el silencio envuelto en una nieve de plumones y de él fueron surgiendo lejanos los lamentos de los condenados que iban ya camino del infierno arreados por los diablos. Fueron descendiendo suavemente los ángeles y volvieron a sus puestos, quedando en ellos postrados hasta que descendió el Señor. También mi ángel de la guarda había tomado tierra aleteando.
—Esto es lo que más me gusta —dijo sigiloso y satisfecho. ¡Humíllate irreverente!
Yo me postré también, justo cuando todos ya se levantaban. A una señal displicente del Señor se reanudó el juicio y el alguacil dijo:
—Se procederá ahora al juicio de los que pecaron contra el quinto.
Creyendo yo que iban a juzgar militares, me sorprendió que el alguacil llamara a unos que debían ser albañiles, pues dijo:
—Que traigan los de la obra.
Sacaron el primero a un ser peludo, como dos bastos los brazos, como un armario la espalda, con los ojos diminutos, pero con tan grandes cejas que se diría traía un grajo planeando sobre ellos. Le instaron a que confesara y él dijo:
—Yo no soy sino un peón en manos del poderoso.
Al escuchar esto le pregunté al ángel
—¿Y qué tiene de malo ser albañil y peón además, que es el que más trabaja y siempre el que menos cobra?
—Cándido, hijo. Y tan rezadora que es tu madre... ¿y no leíste el catecismo? Primero se juzgan los de la obra, luego los del pensamiento y después los de la omisión.
—Lo de la obra lo cazo, que habrán de ser los albañiles que la ejecutan, y lo del pensamiento también, que serán los arquitectos responsables de los planos, pero lo de la omisión no se me alcanza.
No me quiso aclarar nada el de la guarda, pero al poco colegí, por las crípticas palabras que el reo había pronunciado y por la sangre que traía como todos ellos en las manos, que no debían ser los de la obra albañiles, sino estigmatizados del “opus dei” o algo así. Pero al ver que los iban condenando a todos, ya sin formalidades previas y tomando precisamente por prueba concluyente la sangre de sus palmas, tuve que preguntar al ángel:
—Y siendo estigmatizados y de la obra ¿cómo es que los condenan?
—Estos condenados lo son por ejecutores.
—Yo esto no lo entiendo. ¿Pero no mandaron antes ya a todos los jueces y notarios y alguaciles y funcionarios y burócratas? ¿Quedaban todavía ejecutores?
No me quiso responder el ángel, que ya debía de estar harto de mis torpes preguntas. Se llamó entonces a los del pensamiento. Y como muchos eran viejos, otros además barbudos, y todos venían cabizbajos y pensativos, colegí que se trataba de filósofos. Éstos por pensar y los de la omisión por no hacerlo, sin más explicaciones los iban mandando al infierno. Y aunque esto se hacía por la vía de urgencia, yo ya empezaba a aburrirme.
Mas para mi deleite trajeron entonces a los esperados yonquis, quienes, con la mano pedigüeña y como un disco rayado, venían pidiendo a todos: “dame algo, dame algo”. Llegaron y se quedaron parados frente a las tablas, temblorosos, como al ralentí. Aquí San Miguel saltó, cogió a uno, lo llevó al estrado, le remangó el brazo, mostró a los jueces las venas picoteadas y exigió fueran absueltos todos, por ser sólo veniales sus pecados y por haberlos ya expiado con tantas laceraciones. “Dame algo”, pidió el yonqui a nuestro Señor. El diablo quiso hablar, pero Cristo, con su piedad infinita, les dio el indulto. A los camellos en cambio los condenó a la sed eterna. Marchaban los ángeles delante, guiando a los pobres yonquis que iban con el piloto automático pidiendo veinte duros a todo el mundo.
Trajeron entonces a los que no amaron al prójimo, y se condenaban a cientos. Vi entre ellos muchas monjas y feas, que arguyeron que aunque bien hubieran querido amarle, las había desdeñado, y añadieron en su defensa que ellas el ofrecimiento lo habían hecho. El diablo entonces dijo “¡Tate!” Y se las condenó por pecar de pensamiento.
Con esto se dio por concluido el juicio de los gremios, que ya el sol se acercaba al cenit y no daba para más aquel día, y se ordenó a los que quedaban que volvieran a sus tumbas y que ya serían llamados a la semana siguiente.
—¡Pero bueno! Dijo el de mi guarda— ¿No hay este jueves dentistas? ¿Y médicos? ¿Y farmacéuticos? ¿Y qué se hizo de los vendedores? ¿Qué de los adivinos? Lástima, Cándido, hijo, que te vas a perder el juicio de los mayores engañadores que en tu tierra se crían. Que he visto yo querer venderle al padre una dentadura postiza y al hijo ponerle una ortodoncia y hasta al espíritu santo querer empastarle el pico. Y qué decir de los farmacéuticos que vinieron vendiendo a los condenados pomada para las quemaduras y al mismísimo diablo un remedio para el ardor; ¡y los médicos!, que ofrecían a los ancianos radiografías de las almas para así juzgar mejor; y los adivinos y echadores de cartas que disputaban la razón al ángel, declarando contra sí mismos, porque no sé qué arcano les vaticinaba el infierno; y los vendedores que pretendían vender seguros de vida a los resucitados, contra incendios al diablo, a las diablas estufas, crecepelos, afrodisiacos y enciclopedias a los venerables ancianos, edredones de plumas a los ángeles, e incluso Biblias a nuestro Señor. Lástima grande es, Cándido, te repito, que no puedas presenciar esos juicios, pues son sin duda de las cosas más dignas de ver que en este valle suceden.
Mientras esto me decía vi yo que empezaban a formar de nuevo muchos ángeles y que reaparecieron la Vida y la Muerte y el Tiempo, y que los pecados capitales se ordenaban ya disponiendo el cortejo. Y a un son de trompeta se puso en marcha la procesión, llevando tras de sí a una multitud envuelta en polvo, que avanzaba hacia el naciente, donde reencontrarían el reposo del estrecho nicho y la húmeda tumba.
Con esto quedó diezmada la muchedumbre y se dio comienzo a los juicios singulares, que al parecer era el de aquellos que por no tener oficio no se podían condenar a montones.
—Que se presenten los parados —dijo el alguacil. Y avanzó entonces hacia el estrado la multitud restante, casi al completo.
—¿Tantos sois, hijos míos? —preguntó sorprendido el Cristo.
—Ya veis, maestro —le dijo San Miguel—, no terminaremos en tres días.
—Que se vuelvan a morir entonces y ya los resucitaremos otro día.
Se fueron los parados presurosos por dar alcance a la procesión, y una vez restados éstos, no quedaron sino un puñado de almas inefables que no se sabía dónde meter. Fueron llamados uno por uno:
—Que se presente Pedro Maquea—dijo el alguacil.
Llegó el tal Maquea y dijo:
Yo, señores, nací en Manganeses, el pueblo de los capricidas, y quisiera ahora ante ustedes, excelsos jueces, todopoderoso señor...
—Abrevia, abrevia, hijo, y déjate de captar benevolencias, que andamos con prisa —le dijo Nuestro Redentor. El otro quería contar toda su vida. No se le dejó. Se tomó el libro que la contenía, grueso tomo embadurnado, y echándole un vistazo por encima lo encontraron tan sucio que dijeron: ¡A la hoguera!
Se llamó a Pascual Duarte y empezó:
—Yo, señor, no soy malo...
—Yo tampoco—le interrumpió riendo el diablo— y aquí estoy. Pero tú le diste el silletazo al Estirao, ¿no? Pues vete con él, que te espera.
Lo condenaron. Se mandó llamar entonces al Tato. Y así, convocados por su nombre, fueron muchos. Y como allí no se libraba ya nadie, y los diablos habían satisfecho ya su hambre y trabajaban con desgana, me pareció que no había nada más digno de ver ni interesante de escuchar y le dije al ángel de la guarda:
—¡Oiga! Y ya que esto no ofrece muchas novedades ¿por qué no vamos al cielo? Que tengo yo curiosidad por saber cómo es.
—¡Míralo qué listo! Tú te debes creer que ahí puedes andar como Pedro por su casa. No es fácil, como ya has visto, entrar en el paraíso. La puerta del cielo sólo se abre desde dentro.
—¿Y al infierno? ¿No se puede ir al infierno?
—Fácil lo tienes. Ya sabes —dijo indicándome al estrado—. Pero has de saber también que la puerta del infierno sólo se abre desde fuera. Todo el que entra ahí ya no sale. Ten por cierto, Cándido, que Orfeo y Dante son las joyas más preciadas del Averno, pues fueron los dos únicos tontos que bajaron a él por su propia voluntad y aún se están riendo de ellos los diablos. Y ten también por seguro que todo lo que contaron que allí vieron es mentira, y...
—¿Y no se puede visitar por lo menos el purgatorio?
—Ahí sí. Ese lugar tiene dos puertas y siempre se encuentran abiertas.
—Pues lléveme.
—¿De verdad lo quieres? ¡Pues agárrate!
Me subí a cuestas del ángel y me llevó en volandas. Sobrevolamos a mucha altura la caravana de condenados y descendimos tras un monte hacia las bocas que, no muy lejos de allí, se abrían en la montaña. Entramos por una de ellas y abocamos a un rojo y oscuro valle donde se abrían unos túneles que conducían hacia los distintos infiernos y purgatorios, y mi ángel, con un rápido viraje tiró por el túnel que indicaba hacia el purgatorio de España. Volando casi rasantes atravesamos la montaña, y al llegar al otro lado tomamos tierra en un paraje junto a una autopista donde había un cartel que ponía “ongi etorri”.
—Ya estamos en el purgatorio, Cándido.
—Pues aunque esto apesta, no parece tan malo como lo pintan.
—Es la primera impresión. Sólo es el purgatorio tal para el que se ve obligado a vivir, quiero decir, a estar en él, porque estar aquí no es vida.
Al poco vi otro cartel que ponía “autobia”.
—¡Coño! ¡Esto si lo entiendo, que está en español!
—¡Sssss! ¡Calla, condenado! No menciones la soga en casa del ahorcado.
Yo, más bajo, le dije:
—¿Pero son analfabetos estos condenados? ¡Que autovía es con v y con acento! ¿Y esos bloques? ¿Y ese basurero? —y fui elevando la voz, pues había mucho ruido—. ¿Y esos gitanos y pobres debajo del puente, y esas chabolas, y esos puticlubs junto a la carretera, y esos bares? ¿Y esos transeúntes tristes y con la barbilla alta como si les llegase el agua al cuello? No parece sino que hubiéramos cruzado los Pirineos y estuviéramos en España.
—¡Calla, maldito!
En esto nos salieron al camino unos narigudos con hachas y pistolas, y uno de ellos, que debía ser el diablo mayor, viniéndose hacia nosotros y muy mal encarado nos dijo:
—¿Quién ha dicho España?
Y vi que por detrás salían otros tantos, con ánimo de cercarnos.
En esto, gracias a Dios, volví a despertarme, pero con un terrible dolor de tripas. Fui al servicio, vomité, y aliviado me acosté de nuevo. Maldiciendo las setas y las visiones me fui quedando dormido y fui saliendo de la oscuridad hacia un amanecer en la misma llanura del juicio, pero en esta ocasión estaba entre los resucitados y sin la tranquilizadora compañía de mi ángel de la guarda. Se estaba sentenciando al Apuntador, que tampoco se libró. Cuando acabaron con él, dijo el alguacil:
—Se llama a Miguel Ángel San Nicolás
Y vi venir a un diablo que me cogió de la mano con su garra fría y peluda.
Yo me creí morir del susto pensando que era llegada mi hora, y aquí oí una voz que me decía: “¡despierta, hijo, despierta!”. Y al abrir los ojos vi el rostro de mi madre, pero no pude decirle nada, porque tenía un tubo metido por la boca. Estaba en el hospital, gracias a las malditas setas, y aunque estuvo bien la alucinación, me propuse dejar de ahí en adelante las drogas (que ellas, según mi madre, habían estado a punto de mandarme al otro barrio) y procurar ser mejor, por si acaso. No vi yo una luz ni nada de eso que suelen relatar los que han llegado al confín y a punto han estado de pasar al otro mundo. Lo que vi es lo que he contado. Y si es en verdad tal como lo vi, y si no me encuentro ya en él, me conformaría con llegar a entrar en el purgatorio, que no parecía tan mal sitio como algunos dicen.

Posted by: Miguel en: 25 de Septiembre 2005 a las 01:28 AM

Próximo 5 noviembre 2005:
Todos a Oviedo/Uviéu a la manifestación por la cooficialidad de la Llingua asturiana.

Posted by: eduardo bono en: 1 de Noviembre 2005 a las 10:08 PM

Hola Miguel Angel:
saludos desde asturies.
Buen artículo, aunque no comparto algunas cosas sobre la periferia.
Es interesante la lengua española, fundamental... pero hablar otras lenguas, llingües o llenguas es también hacer cultura. no debemos excluir el afecto a la patria, además de al estado.
Un saludo.

Posted by: eduardo bono en: 1 de Noviembre 2005 a las 10:11 PM

El ciudadano medio percibirá España como entidad social, viva y real cuando por parte de los principales partidos políticos aboguen más por las igualdades entre ellos que en las diferencias que obviamente existen.

Posted by: José Mª Tejero Molina en: 5 de Enero 2007 a las 02:17 PM